Los tesoros deportivos del Museo del Juguete Antiguo

Desde las cartas que El Santo le enviaba a su esposa, hasta único póster en México del Mundial de 1930, las historias y recuerdos del edificio en la colonia Doctores cautivan desde hace 10 años

Roberto Shimizu, fundador del Juguete Antiguo y algunas piezas del Santo, Mundial de 1930 y playera del Necaxa
Roberto Shimizu, fundador del Juguete Antiguo y algunas piezas del Santo, Mundial de 1930 y playera del Necaxa (Héctor Ortíz )

Ciudad de México

Cuando Uruguay albergó la primera Copa del Mundo, en 1930, solo 16 países pudieron ser parte de una fiesta que a la postre se volvería el evento deportivo más importante del mundo; México no solo fue invitado sino que, el 13 de junio de aquel año, inauguró el certamen en un duelo donde Francia los goleó 4-1.

Son pocos los recuerdos físicos que desde entonces se conservan desde aquella primera reunión de futbol, siendo el Museo del Juguete Antiguo, ubicado en la colonia Doctores de la Ciudad de México, el único que orgullosamente exhibe un póster original de aquella celebración.

El arquitecto Roberto Shimizu ha dedicado sus 71 años de vida a coleccionar juguetes de todo tipo, entre ellos artículos deportivos de valor incalculable como lo es el citado cartel mundialista, el cual, recuerda, llegó a sus manos gracias a otro devoto de la recolección como lo fue Raymundo Colín.

"Raymundo Colín es, junto conmigo, pero 50 años antes, la persona que más coleccionó objetos de la vida diaria, de la cultura popular mexicana, él era un empleado de la compañía de luz, tiene la credencial 001 del Necaxa, y él fue el directivo que llevó al equipo mexicano al primer Mundial de Uruguay en 1930", recordó Shimizu en una charla con La Afición y continuó:

"Este cuate era un coleccionista admirable. Se trajo todos los periódicos del Mundial de Uruguay, era una colección única; este póster se hizo y solo se repartió en Uruguay, se pegó en las tiendas de Montevideo, entonces es un póster rarísimo, es el único en México y todo eso se lo trajo Raymundo Colín. Los periódicos también los tenemos pero están guardados porque son muchísimos y no tenemos lugar donde exponerlos".

Y es que, a pesar de tener cinco pisos en el museo inaugurado en el año 2006, la colección de su fundador es tal que no hay espacio para los cerca de siete millones de juguetes y artículos recogidos a lo largo de su vida.

LA PLAYERA QUE ATESTIGUÓ UNA DESGRACIA

En la misma sala donde se expone el póster de Uruguay 1930, también hay otros tesoros como la convocatoria oficial de la selección mexicana que compitió en aquella justa, así como la invitación del gobierno de Uruguay para que el Tri participara. A unos metros, resalta una playera vieja pero bien conservada de los Rayos del Necaxa, cuya historia emana dramatismo detrás de los cristales que la protegen.

"Años después (del Mundial de Uruguay) un jugador del Necaxa que estuvo cuando quemaron el parque Asturias, Baldomero Arce, su hijo llegó también y nos vendió la camiseta que ese día usó su padre a un precio simbólico, a fin de que, con el tiempo, no terminara en el olvido o en un tianguis. Son de esos recuerdos muy bonitos", cuenta Shimizu sobre aquel duelo donde el Club Asturias venció dramáticamente al Necaxa, provocando la furia de sus seguidores que no dudaron en incendiar las gradas de madera del extinto inmueble.

Pero, ¿por qué compartir tesoros tan envidiables?

"Es importante compartir todo, porque luego tienes las cosas en tu casa y lo ven tus primos, tus sobrinos pero eso no sirve de nada. Colección que no se comparte, colección que se muere", sentenció Roberto.

Entre tantos temas como el poco valor que algunas personas le dan a juguetes que consideran "chatarra" o cómo la carga emocional del museo evita que algunos "abuelos y padres salgan emocionados hasta las lágrimas", el arquitecto admite que sus artículos cobran vida, como si se lucieran al saberse admirados por tantas personas que los visitan.

Y es que cada artefacto tiene su propia historia, relatan sucesos de grandes hazañas y las más tristes historias. "Colecciones cuyo valor reposa en la energía humana", las cuales podemos encontrar en la sala dedicada exclusivamente a la Lucha Libre, donde, sin duda, el mítico gladiador El Santo acapara el interés de todos; cartas dedicadas a su esposa que tras su muerte fueron abandonadas en La Lagunilla junto con otras prendas pertenencias, son exhibidas en este lugar.

"Me dediqué más a coleccionar programas, álbumes y luego los luchadores de caucho que parecen en los cincuentas, pero aún en esos tiempos eran juguetes muy caros, el ring era caro, los luchadores eran caros y no pasábamos de 10 figuras, habían pocos pero eran juguetes que en esos tiempos causaron sensación", recuerda Shimizu mientras juguetea en su oficina con unos pequeños luchadores de caucho cuyo valor, explica, asciende hoy hasta los casi tres mil pesos.

COLECCIONISMO COMO ESQUIZOFRENIA

De niño, Roberto Shimizu gozaba con todos sus juguetes, siendo el patín del diablo, hasta hoy día, su favorito entre los demás, pero a sus 71 años admite que no puede dejar de seguir aumentando su millonaria colección: "siempre hay algo que se te pasa, que no pudiste obtener en su momento".

Pero como fumar o beber alcohol, también admite que esta actividad puede llegar a convertirse en un vicio, algo que hay que controlar para no volverlo una enfermedad, como la que sufrió hace años y que lo inspiró a abrir el museo por el temor de que todo se quedara guardado en bodegas.

"El coleccionismo tiene el lado del vicio, el lado de la esquizofrenia y eso hay que evitarlo, hay que cuidarse y controlarse. Pero yo diario sigo coleccionando, porque hay muchas cosas que se te pasaron y si las vuelves a ver, las compras, no las puedes dejar ir", culminó.