La lucha libre llega a Tepito

“Lucharte”es un proyecto que combina el pancracio, música y arte urbano; su objetivo es alejar a los habitantes de bajos recursos y que participen en estas actividades

Ciudad de México

El corazón de Tepito, se convirtió este en el ring de numerosos luchadores enmascarados que, entre puñetazos y patadas voladoras, buscan fomentar el deporte entre los jóvenes para alejarlos de la criminalidad.

Decenas de habitantes del llamado "barrio bravo" salieron a las calles de una plazuela, donde se instaló un cuadrilátero al aire libre entre murales de grafiti y viviendas de interés social.

"¡Dale duro!, ¡Reviéntale la barriga!, ¡Mátalo!", gritaban los espectadores -muchos de ellos niños y jóvenes-, mientras sus ídolos de la lucha realizaban poderosas acrobacias entre las cuerdas, sobre un fondo de estridente música hip-hop.


Se trata de la iniciativa "Lucharte", un ring itinerante y gratuito que desde hace cinco años lleva a los barrios más vulnerables de la capital y la zona metropolitana a enmascarados y artistas.

"El luchador es parte de nuestra cultura mexicana, esa identidad, esa proyección, a los niños les fascina. Eso es lo que buscamos, que la gente se apasione", dijo Iliana So, pintora muralista de 36 años y fundadora del proyecto.

Con estas actividades, "la gente se acerca y dice 'yo quiero entrenar lucha, o pintar, o hacer grafitis' y haces una conexión. Algo positivo que intentamos inyectar a los sectores vulnerables como el barrio de Tepito, donde hay situaciones un poco complejas", comenta.

Enfundado en un ajustado traje negro y una máscara con llamas azules y plateadas, Blackstaider (samurái negro) hace ejercicios de calentamiento bajo el ring.

Este ingeniero en sistemas computacionales de 26 años, que practica la lucha libre desde hace siete, asegura que a través de los violentos golpes de su afición favorita busca "transmitir que es bueno hacer deporte, que no hay que tener una vida llena de vicios".


El frenesí de la batalla "Tepiteña" entre enmascarados desbordaba más allá del ring, con golpes y azotones que llegaban a unos centímetros de los eufóricos habitantes.

"Me parece que es muy bueno para la comunidad, para que se distraiga (...) en vez de andar en las calles, en pintas, en bandas o drogándose", dice Israel Martínez, un mecánico de camiseta blanca y gorra de rapero que observaba en primera fila.