A las cinco de la tarde, un panadero

Rodolfo Rodríguez, in memoriam

Hay quienes buscan vivir en el peligro. La materia de su trabajo son las balas, el fuego, el agua, la velocidad, el aire y la gravedad. Las compañías aseguradoras les sacan la vuelta, ¡quién quiere perder en una apuesta de antemano malograda! Algo así ocurrió con Rodolfo Rodríguez, de oficio panadero aunque luego, y muy pronto, favorecido por el traje de luces.

A las cinco de la tarde, el domingo 1 de mayo, el toro Pan francés

“Su última suerte fue una mentada justiciera a los críticos que lo despreciaban”

embistió al matador de 64 años en el ruedo de Lerdo, Durango. Era su segundo de la tarde. La arremetida no fue del otro mundo, el burel dio el cabezazo al bulto con tan mala suerte que aventó al torero en el aire, a punto de la maroma, y al caer de bruces (que así se dice) apenas metió las manos. El golpazo en la “choya” le ocasionó la fractura de las vértebras cervicales, que lo tuvieron en agonía durante cuatro semanas.

A las cinco de la tarde el natural de Apizaco se halló, de pronto, a las puertas mismas de la gloria. Quedó como muerto sobre la arena de la plaza. Los atolondrados monosabios —se puede observar en YouTube— lo jalonearon, lo aventaron dentro de la ambulancia, lo llevaron al hospital regional. Ahí los doctores confirmaron la sospecha, El Pana había quedado cuadrapléjico —informaron entonces— ya que la lesión en la médula espinal era irreversible. “Ya no podrá caminar ni comer”, ya no se diga bailotear o dar trapazos. Respiraba con un ventilador mecánico y fue sometido a una traqueotomía, de modo que apenas podía musitar nada.

A las cinco de la tarde, con el capote al frente, El Brujode Apizaco apenas pudo extender el engaño. El toro fue a lo suyo, estaba inquieto, hacía calor. Lo cogió sin cogerlo, no hubo sangre ni pitonazo, femoral tajada ni nada. Su arte, que fue calificado de rancio, añejo y barroco, se ha ido para siempre ahora que las corridas son para ser filmadas en nuestro iPhone.

A las cinco de la tarde, como la cogida que hace 80 años se llevó la vida de Ignacio Sánchez Mejías y que Federico García Lorca lamentó como nadie… “Las heridas quemaban como soles/ a las cinco de la tarde/ y el gentío rompía las ventanas/ a las cinco de la tarde”. La última suerte de Rodolfo Rodríguez fue como una mentada justiciera a los críticos que despreciaban sus lances ridículos y espeluznantes. Cuentan que su padre fue policía judicial, que él trabajó antes como albañil y vendedor de gelatinas. Que lo último (antes de lanzarse al ruedo) era el horno de una panadería en Huamantla… y ahora Pan Francés, precisamente, vino a quitarle el futuro.

A las cinco de la tarde El Pana, como ya lo había hecho en la Monumental de México en 2007, se despedía de su público sin ánimo de despedirse. ¡Quién carajos se quiere ir de la fiesta de la vida nomás por llegar a la edad venerable! Y cuentan que aquella vez, al brindar su último toro, recitó ante el Respetable… “Brindo por las damiselas, zurrapas, vulpejas y princesas que me dieron protección entre sus pechos y sus piernas; que Dios las bendiga por el amor que me prodigaron”.

A las cinco de la tarde el último torero romántico de veras, pendenciero, metido y salido de la cárcel siete veces, fumador de puros quemándole los pulmones, mentador de madres y recibidor de pitones “a puerta gayola”, a las cinco de la tarde se le ha terminado la parranda y así suplicó al especialista Martín Preciado, que lo vigilaba en el Hospital Civil de Guadalajara, “Por favor, doctor, déjeme morir”.

A las cinco de la tarde, sin tequila ni cigarros, sin mujeres ni amigos, sin birria ni calabaza en tacha, cualquiera tiene derecho a esa petición. Que le quitaran los tubos, el respirador en la tráquea, las cánulas y tanta fregadera afianzándole una sobrevivencia que no merecía. Vivir sin dignidad no es cosa de matadores, ni de nadie.

A las cinco de la tarde (más una hora y 45 minutos), el jueves 2 de junio, Rodolfo Rodríguez voló al cielo de Manolete y Paquirri. Queda en nuestra memoria como el más loco, el más temerario, el más imprudente de los toreros mexicanos. Ahora que se ha muerto para siempre (Lorca dixit) se esfumará de las crónicas, olvidado como todos los muertos que se olvidan “en un montón de perros apagados”. Y ¡ole, ole, ole!