Crónica de viajero: La favela maravillosa

Las favelas de Rio de Janeiro son tal cual y las describen: inseguras, sucias, hogares de la delincuencia, la mafia. El otro Brasil   

Las favelas en Brasil
Las favelas en Brasil (Especial)

 El sábado avancé con uno de mis objetivos periodísticos del viaje: Llegar a una favela brasilera y recorrerla pasillo por pasillo hasta los tejabanes más aislados sobre la cima del cerro

¿Fue fácil?  No, nada ¿Me sentía intranquilo? Por supuesto ¿Cómo nos recibieron? De una forma impensada que aquí les comparto. 

Porque el término favela tiene una connotación que nos mete miedo desde el inicio. Quienes trabajamos temas conflictivos sabemos que los barrios cariocas son impredecibles y peligrosos. 

Mafias, narcotraficantes y contrabando dominan los mil asentamientos irregulares que se reparten por todo Río de Janeiro. 

Y con ese panorama mi plan estaba claro; aprovechar el teleférico popular (construido para que las familias eviten 350 metros de escalinatas en desnivel) que tiene la favela Santa Marta y llegar hasta arriba. De esa forma, evito subir por sus estrechas escalones y mi recorrido será uno y hacia abajo; una estrategia de seguridad para minimizar riesgo, aunque… jajá. Nunca sabes lo que puede pasar. 

“Te recomiendo hasta la cuarta estación. La próxima es la última y estarás arriba”, agradezco el consejo pero sigo mi plan. Una atrincherada estación de policía marca los límites. Se colocó hace años luego de una estrategia de pacificación (blindados y soldados) que arrasó con el quiste delincuencial que dominaba aquella zona de Río. 

Grafitis y suciedad ganan los espacios. Cada casa tiene bolsas de arena en sus puertas ( por las abundantes lluvias) y los ladrillos naranjas son los preferidos de todos. Encontrar techos de material representa un milagro, la mayoría superpone chapas y estructuras de policarbonato encontradas en la calle. 

Una niña observa la cámara y sonríe. Luego se aleja hasta perderse entre dos paredes y el sonido de una televisión gana mi atención. Había elegido esa hora y día porque el protagonismo que ganaría el juego de Brasil. Una favela distraída y eufórica es menos peligrosa que bajo la normalidad de siempre. Sin curiosos observándonos, la atención carioca estaba centrada en los octavos de final de su equipo. 

“¿De donde son? Bienvenidos”, es la respuesta inmediata y respiro tranquilo. El volumen estridente me había empujado por varios pasillos hasta que una veintena de personas aparecen en el horizonte. Una pantalla de plasma mezclada con un sinfín de cables y conexiones los unifica con gritos e insultos hacia el árbitro mundialista. Las señoras sirven refrescos a los niños y los hombres vacían latas (medio litro) de cerveza como si fuesen de agua. }

Espero varios minutos y analizo la situación. Sin pensarlo más, comprendo que puedo quedarme con ellos para aprovechar el momento. “¿voce chileno?”, recriminan y rápido les corrijo, “Nou, soy meshicano”, prefiero decirles y evitar mi real argentinismo. Jajá, no es lugar ni momento. Les pregunto por un baño y entro a la primera casita que puedo. No tiene gas natural y las paredes amontonan tablas. Seis niños ven caricaturas en una tele de los años ochenta. No tiene recamaras y sus dos ambientes son improvisados con una tela colgada. Desde su única ventana la vista es tan soñada como desalentadora. La gran ciudad se abre ante ellos con todo su lujo y esplendor. Hasta el Cristo Redentor se asoma para los miles de turistas que llegan afanosos para gastar dinero. 

Dos minutos en esa casa me recuerdan a muchas que conocí en los cerros más pobres de Monterrey. No hay diferencias y el contexto parece clonado. Lo mismo respecto del ambiente social que me rodea en sus pasillos. Me ofrecen comida mientras la tarde avanza y paso varias horas conversando de la vida en aquella ‘temible favela’. “Aquí tranquilo señor. Mucho prejuicio y temor”, me repite la mayoría antes de despedirme. 

Ahora sí, decido bajar cada escalón y charlar con algunos que me observan extrañados. Nada pudiese contarles a ustedes respecto a la incomodidad que percibí al inicio. La favela me abrazó con gentileza y contarles lo contrario sería una blasfemia. Exagerar sobre eso también llevaría a una parcialidad que no me simpatiza. 

Las favelas son peligrosísimas y hay que saber cómo entrar (luego les contaré mi última experiencia en otro barrio) Adentro conviven buenos y malos con una postal de pobreza que se repite en la mayoría de nuestras metrópolis sudamericanas ¿Qué conclusión me deja? La misma que en otros lugares; para describir con realismo debemos relacionarnos directamente con el lugar. Lo demás que lean serán parcialidades y exageraciones de muchos que ni siquiera han pisado los cerros brasileros.