Crónica viajera: La Villa Apocalíptica (día 16)

El Mundial no llegó a la Villa Mimosa, la zona Roja de Rio de Janeiro, donde fracasó el intento por atraer turistas

La Villa Apocalíptica
La Villa Apocalíptica (Reuters )

SAO PAULO, Brasil

La fusión entre vomito y orines es insoportable. Sin otra opción, elijo el mejor truco que conozco: respirar por la boca y evitar la nariz. Como en las morgues libias o sirias, absorbo aromas tan penetrantes que es imposible no descomponerse apenas los percibes. Y aquí, en las entrañas de la Villa Mimosa, su túnel de prostitución equivale a la máxima expresión de olores que alguna vez haya conocido.

Tan pequeño es el espacio que todos los sentidos se saturan. Hasta la vista debemos acostumbrar después de dos minutos en la oscuridad. Son setenta metros donde el sol desaparece. La luz de la tarde carioca no existe aquí. Todo es neón y luz negra. Focos de colores y movimiento para maquillar la dimensión más peligrosa del bajo mundo de Río.

Ingresar a la Villa no fue fácil. Es más, suena a locura haber intentado grabar donde la mayoría falló. Ubicada en el corazón de uno de los barrios más conflictivos, la autoproclamada zona roja de la ciudad se transformó en el epicentro de la prostitución más exacerbada y la distribución de estupefacientes. La policía patrulla pero no interviene y la sensación de libertinaje reina en cada esquina.

"Baja la cámara (le dijeron a Mike, mi compañero) ¿Quieres problemas? Tendrás muchos si sigues", fue la amenaza casi automática la primera vez que lo intentamos. Habíamos pasado una hora intentando descifrar las miradas y quise probar. Veinte segundos después me estaban deteniendo. La calle principal reúne setenta prostíbulos donde cuatro mil mujeres ofrecen sus servicios.

"¿Quién es su jefe? Quiero hablar con la persona que controla toda la zona", me puse firme e intenté no demostrar temor. Y dos horas después lo impensado ocurrió. "¿Que quieren?, aquí no pueden estar", exigió Yolanda Días con una dureza visual que estremecía. Llevaba diez años como representante de la cuadricula más peligrosa de Brasil y nuestra sugerencia la desubicó, "¿filmar acá? No, te dije que no". Mucho rato después nuestra tozudez ganó. "Okey. Vengan en dos días. Pero ahora váyanse porque espantan a la gente", ni sonrío ni dijo más. Me estrechó su mano y la sentí tan áspera como la de un jornalero indígena.

Volver a la Villa fue tan difícil como la primera vez. Sin opción de fotos, disimulé un pequeño micrófono en mi playera y Mike dejaría encendida la cámara todo el tiempo para registrar las imágenes y audios que se pudieran. Y más tarde, ya con la autorización, charlaría con dueños y prostitutas para obtener el inédito testimonio.

"Tengo cuatro hijas y es la única vida que conozco. No la voy a dejar aunque sepa que es muy peligroso ¿trabajar en Copacabana? Prefiero aquí porque me protegen. Río es demasiado inseguro para estar sola", se sincero Marta; de cabello rubio y facciones delicadas.

Detrás suyo el ruido ensordecía; decenas de locales con música independiente se perdían en la oscuridad mientras las mujeres gritaban. "Treinta reales, cincuenta, quince...lo que sea", miraban desafiantes a los probables clientes. "Aquí vienen todos. Desde la policía a empresarios. Llegan madres de familia y gente que exige los tratos más bizarros y violentos que pudiese imaginar", comenta Juana y señala, "Nos preparamos para el mundial (estudiaron ingles) pero nada cambió. Los turistas no llegan por miedo y seguimos con el mismo mercado local. Igual, me va bien, promedio cuatrocientos dólares diarios y no me quejo".

Afuera el contexto es brutal. Una mujer camina drogada con el torso desnudo mientras otras pelean por un cliente. Desde arriba, sobre un edificio en construcción, un hombre moreno de rastas toca un berimbau (instrumento musical) y persigue con la mirada cada situación extraña.

"Debe ser halcón..."pienso. Del otro lado de la calle dos señoras me observan. Superan los sesenta años y todavía se prostituyen.

"Mi vida está marcada por este lugar. Soy juzgada y señalada en mi colonia y por mi familia. Pero no me importa y seguiré así ¿Drogas? Aquí vives de todo porque sobrepasas el límite para aguantar. Estamos en la peor zona de Brasil y debemos aceptarlo", se despide Yolanda.

La noche se hace profunda y lo mejor es abandonar 'la Mimosa'. Sobre un carro todavía observo al mismo 'güero' de toda la tarde. De pómulos hundidos y ropa costosa, lleva horas intentado comprar droga pero la mayoría desconfía de él. Nos vamos sin mirar hacia atrás. Ningún taxi se detendrá y ni siquiera nos interesa; caminaremos treinta cuadras hasta el Metro con la tranquilidad de haber superado lo peor del Brasil mundialista.