El décimo campeonato, máximo orgullo de Martínez Garza

El empresario le dio la alegría más anhelada a millones de seguidores de Chivas.


Ramon Ramirez de Chivas y Guillermo Vazquez de Toros Neza, durante la final del torneo de verano 1997.
Ramon Ramirez de Chivas y Guillermo Vazquez de Toros Neza, durante la final del torneo de verano 1997. (Mexsport)

Guadalajara

Corrían los últimos días del mes de mayo de 1997. El grito se extendía por todo el país “arriba las Chivas” y es que el Rebaño volvía a los campeonatos después de 10 años de sequía.

Chivas goleaba en el Jalisco a Toros Neza en una tarde soñada para el Gusano Nápoles, quien metía cuatro goles y dejaba a los Toros sobre el terreno de juego.

Después de las Súper Chivas llegó el Tuca Ferretti y de la mano de Claudio Suárez el Rebaño tocaba el cielo.

La décima copa se gestó en la administración de Salvador Martínez Garza, el empresario de los hidrocarburos le dio la alegría más anhelada a millones de seguidores del Rebaño.

El once de esa tarde en el Jalisco fue con Martín Zúñiga en el arco, Noé Zárate, Claudio Suárez, Joel Sánchez, Camilo Romero, Alberto Coyote, Paulo César Chávez, Ramón Ramírez, Felipe de Jesús Robles, Manuel Martínez y Gustavo Nápoles, ese fue el once que se alzó con la copa en el estadio Jalisco, puede ser que no era el mejor equipo que logró armar Martínez Garza, pero fue el más letal, el más efectivo y con el Tuca Ferretti en la banca lograron ese ansiado campeonato.

Antes del título llegaron las Súper Chivas, un equipo de época que se quedó a la orilla y no pudo lograr el título en 1994 y 1995.

Las Súper Chivas tenían en el arco a Lalo Fernández, Armando González, Manuel Vidrio, Carlos Turrubiates, Alberto Coyote, Ramón Ramírez, el Zurdo Robles, Chepo de la Torres, Daniel Guzmán y Misael Espinoza, este equipo nunca pudo lograr el título pese a que Misael Espinoza y el Guamerú García vivía un momento espectacular en su carrera, pero se quedaron en el camino.

Al final de la gestión de Martínez Garza llegaron dos juveniles, que con los años se convirtieron en ídolos, Chuy Cabrito Arellano y Ramón Morales, quien llegó a ser capitán de la escuadra. Don Salvador siempre tuvo ojo clínico para fichar estrellas y juveniles con un gran futuro en el futbol mexicano.