Los hombres del interior

Andrés Iniesta es la bandera del medio campo catalán, mientras Isco Alarcón aspira a ser el eje de la sala de máquinas merengue que haga frente a la orfebrería del Barça

Andrés Iniesta e Isco, cara a cara en el Clásico
Andrés Iniesta e Isco, cara a cara en el Clásico (La Afición )

Madrid, España

Si hay una línea que divide al Barça del Madrid, es la media. En este cruce de caminos, el Bernabéu descubrió a Isco, un jugador al que por fin podía comparar con los pequeños genios del Camp Nou. Su evolución ha sido uno de los grandes triunfos de Ancelotti. Transformó a un futbolista simpático, en un jugador comprometido. Isco es auténtico, tiene los ojos vivarachos de los cracks.

Pero la línea media del Madrid es artificial. Imitable. Sigue lejos de esa originalidad que a pesar de los años, mantiene su rival. En Barcelona, el medio campo es tierra de grandes pensadores, una pradera ideal para nacer, pero muy empinada para crecer. El último en llegar fue Busquets, coetáneo de Fábregas. Herederos de un dorsal, el 4, que con el tiempo y una mala prensa, joroba lomos.

A todos los jóvenes que pasan por la zona, el estadio les acurruca y con ese suspiro paternal, les acompaña en sus primeros pasos, en sus primeros pases. Meses después les ahorca: se parecía a Guardiola, pero no era Guardiola. Sentencia. A este complejo hereditario, casi mitológico, tan típico del Camp Nou, sobrevivió Xavi. El primogénito. También sobrevivió Busquets, apadrinado por Guardiola y con Xavi de testigo. Cesc no. Que se fue y volvió para irse otra vez.

Triunfar como mediocampista en este equipo significa convertirse en uno de los mejores del mundo en la posición. De izquierda a derecha la media del Barça siempre ha sido un grupo de futbolistas introvertidos. Juegan por dentro, una franja del campo y el pensamiento que sigue encabezando Iniesta: el hombre del interior.

Entre el 6 de la selección y el 8 del Barça, Iniesta carga una época entera. Con el 6 en la espalda ganó un Mundial y dos Eurocopas y, con el 8, tres Champions League. Un legado incomparable. Pero en este futbol dominado por la prisa y la ocupación, no por la paciencia y la perspectiva con que Iniesta y Xavi domesticaron el tiempo y distribuyeron el espacio, se publican equipos y jugadores de época todas las semanas.

Con esa ligereza el futbol y sus perseguidores proponen a Isco, un futbolista ligero, como el sustituto de Andrés Iniesta y Xavi Hernández. Iniesta era —para mí aún lo es—, un jugador que gobierna al tiempo. Como era Xavi —y para mí sigue siendo—, un jugador que organiza el espacio. Un segundo de Iniesta con la pelota es mucho tiempo: arrulla momentos, atrae rivales, desmarca compañeros, despierta instintos, levanta tribunales y se clava en la memoria.

Un segundo de Iniesta modifica el tiempo. Recuerda sus grandes jugadas y comprobarás que todas, están hechas de un segundo. Un segundo de Iniesta va contracorriente, crea un movimiento. Igual que un espacio descubierto por Xavi se vuelve un lugar donde nacen ideas, se inventan jugadores y se han levantado civilizaciones. Durante el tiempo que gobernó Iniesta y dentro de los espacios que descubrió Xavi, se formó un Barça inolvidable, la selección española fue campeona de Europa, del mundo. Y también, creció Leo Messi.

Segundos de Iniesta cambiaron la historia y espacios de Xavi fundaron la nueva cultura del viejo futbol. Hoy, a lomos de Isco camina el Real Madrid, un peso pesado que lo mismo hunde que impulsa. Necesitado de un jugador bandera, que además de madridista sea español, Isco se volvió el candidato y Andrés Iniesta o Xavi Hernández, los recuerdos.

El problema es lanzar un muchacho de 22 años a una batalla pública contra tantos y tan buenos recuerdos. La lucha de Isco entonces, no debe ser contra ellos, sino contra el tiempo y en estos tiempos del futbol: meses, semanas, horas, persiste el olvido. Ya no hay tiempo y apenas queda espacio. El clásico, servirá de ejemplo para comprobar que el futbol de Isco, jugado a la velocidad que pretende el mercado, aún está lejos del futbol de Iniesta, jugado con la paciencia que exige la belleza.

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