Una derrota para el "soft power" árabe, un alivio para la FIFA

La derrota de Salman bin Ibrahim al Jalifa en las elecciones presidenciales es un golpe para el "soft power" árabe y un alivio para el ente rector del futbol mundial

Un balón de futbol
Un balón de futbol (DPA )

ZÚRICH, Suiza

Que la FIFA vaya a cambiar es algo que se está por ver, pero que recuperar su imagen con un jeque bahreiní al frente hubiera sido mucho más difícil está fuera de toda duda. La derrota de Salman bin Ibrahim al Jalifa en las elecciones presidenciales es un golpe para el "soft power" árabe y un alivio para el ente rector del fútbol mundial.

Bahréin nunca ha participado en un Mundial y el mejor resultado de su selección fue una semifinal en la Copa de Asia en 2004. Sin embargo, un jeque bahreiní de sangre real estuvo cerca de ocupar el trono del fútbol mundial en la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA).

Su derrota ante el secretario general de la UEFA, Gianni Infantino, es sin embargo una "advertencia para autócratas de Oriente Próximo, África del Norte u otros lugares que ven el deporte como una forma de proyectarse de forma más positiva a lo internacional", advirtió el periodista James Dorsey, experto en el fútbol y la política de la región.

El analista cree que el intento del bahreiní de sentarse en el sillón presidencial de la FIFA le hizo más mal que bien a su imagen y la de su país. Las críticas a Al Jalifa de organizaciones defensoras de derechos humanos fueron una constante en la campaña electoral.

El jeque niega las acusaciones, pero sobre él pesa la sospecha de haber colaborado en la represión de deportistas que fueron encarcelados y torturados por participar en las protestas pacíficas contra el régimen de Bahréin.

"Puras mentiras", asegura el titular de la Confederación Asiática de Fútbol (AFC), que sin embargo habría puesto en una delicada situación a la FIFA de haberse hecho con la presidencia, ya que tendría que haber dado una respuesta clara a las preguntas incómodas.

"Y eso podría ser difícil", escribió Dorsey. "Porque tendría que contradecir a su propio gobierno. Aún peor, como miembro de la familia real tendría que afirmar que desaprueba la política gubernamental y sus acciones. Y eso no es algo que Salman esté dispuesto o pueda hacer".

Salman procede de un país que es diminuto no sólo a nivel mundial, sino también en su propia región, el Golfo Pérsico, que ha convertido el fútbol en su principal herramienta diplomática.

Al Jalifa es primo del rey de Bahréin, pero él insiste en que es un "tipo sencillo". "Un ciudadano normal como cualquier otro", dijo en una entrevista con el diario suizo "Neue Zürcher Zeitung". "La familia real de Bahréin no es como la de Inglaterra. La nuestra tiene 3.000 miembros".

No obstante, la vida de Al Jalifa es desahogada. Los negocios, que giran en torno a esa nebulosa que es la exportación/importación y la inmobiliaria, le permitieron anunciar que renunciaría a un sueldo en la FIFA, ese que el caído Joseph Blatter se negó durante años a revelar.

El dinero no es precisamente escaso en el Golfo Pérsico, donde el petróleo ha multiplicado el poder de las autocracias árabes. Qatar, un país de apenas dos millones de habitantes que raramente llena las gradas en su liga, logró la sede del Mundial de 2022, para el que no tendrá reparo en construir diez estadios con capacidad para de decenas de miles de fans.

Los qataríes son también dueños del Paris Saint Germain y su aerolínea de cabecera adorna la camiseta del todopoderoso Barcelona de Lionel Messi. El Manchester City es propiedad de un fondo de los Emiratos Árabes Unidos y el estadio del Arsenal lleva también el nombre de una compañía aérea de Dubai.

Poner a un árabe al frente de la FIFA les habría permitido cerrar el círculo de poder que están trazando sobre el deporte rey, herramienta fundamental en su estrategia diplomática de poder blando o, más conocido en su término inglés, "soft power".

Qatar logró el Mundial de 2022 en una polémica elección en 2010 que aún está siendo investigada por sospechas de corrupción. El miniestado del Golfo Pérsico se impuso en aquella votación a Estados Unidos.

Blatter siempre puso la derrota norteamericana en aquella elección como excusa para el estallido del "FIFAGate", un megaescándalo de corrupción destapado por la Justicia estadounidense en mayo de 2015 y que terminó arrastrando al suizo.

Según aseguró la web "Play the game", especializada en la política del deporte, una de las claves de la derrota del árabe en la elección presidencial de la FIFA en febrero fue el trabajo realizado por el jefe del fútbol estadounidense, Sunil Gulati.

"El día antes de la elección prometió su voto al príncipe Ali de Jordania, pero también prometió a Gianni Infantino que tendría el apoyo de Estados Unidos cuando importara. La promesa se mantuvo", afirmó la página.

En la primera ronda, Infantino recibió 88 votos, el jeque Salman 85, el príncipe Ali 27 y el francés Jérôme Champagne, siete. "Entre la primera y la segunda ronda, vimos a Gulati en intensas discusiones con muchos de los delegados que apoyaban a Ali", agregó "Play the Game", que recordó que en la votación definitiva Infantino obtuvo 115 apoyos, por 88 de Salman, siete de Ali y cero de Champagne.

El eje central del fútbol vuelve a ubicarse en Europa, pero quizá no sea más que la demora de algo inevitable: el giro del oeste al este del poder en del deporte.

Dorsey no tiene duda de que la victoria del suizo-italiano Infantino es una extensión "temporal" de la influencia europea y de que Al Jalifa era, sencillamente, "el hombre incorrecto para simbolizar ese giro del poder que está teniendo lugar". Las próximas elecciones serán en 2019.