Acusados

Las cosas han cambiado desde el último clásico españo, que ganó el Real Madrid 3-1; ahora, Luis Enrique es el que busca afianzar a su Barcelona en el liderato, mientras Carlo Ancelotti vive las horas más negras 

Luis Enrique y Carlo Ancelotti
Luis Enrique y Carlo Ancelotti (EFE / Reuters)

MADRID, España

Cuando Luis Enrique aceptó el cargo sabía que en el fondo del Camp Nou seguía vivo Guardiola, descansaba Vilanova y se había hundido Gerardo Martino. Todo sucedió en menos de un año. Cualquier cosa que el técnico tocara iba a remover recuerdos. La intervención tenía que darse prisa porque el Barça necesitaba un trasplante de médula espinal. Se había ido Puyol y Xavi empezaba el trámite de jubilación. El equipo se estaba quedando sin fundadores así que la primera decisión de Luis Enrique fue renovar el archivo cultural.

Sin modifi car el libro de estilo, hizo anotaciones al margen. Sus primeras jornadas arrojaron un Barça más vertical que horizontal. La pelota iba de área a área, los delanteros hacían recorridos más largos, los medios influían menos y los defensores plantaban la línea lejos del centro del campo.

El Barça recuperó intensidad, perdió precisión y dejó de insistir en la posesión. El buen inicio de campaña ahuyentó a los tradicionalistas. Los números daban la razón al técnico. Luis Enrique perfilaba un cambio de identidad y a nadie parecía importarle.

A nadie salvo a Iniesta y Messi. El interior era cada vez más pálido y el genio cada vez más solitario. Algo olía mal en un equipo donde Iniesta parecía prescindible y Messi parecía una sombra por el campo.

Luis Enrique, tipo meticuloso y disciplinado, tenía todo bajo control, incluyendo a sus dos grandes talentos. Empezaron las rotaciones, los cambios inesperados, se multiplicaron las alineaciones y el aficionado dejó de recitar el once del Barça de memoria. Nadie sabía quién iba a jugar el próximo domingo, hasta que estalló Lio Messi aquella tarde en Anoeta.

Todo Mundo habla de ese partido como el punto de quiebre en la relación de Luis Enrique con los jugadores. Nada más equivocado. Este Barcelona se rompió en el Bernabéu, durante el último clásico.

Por primera vez en cinco temporadas (2008-2009), Real Madrid llegaba a este partido siendo mejor equipo. Ahí estaba el enfado. El Barça de Iniesta y Messi había renunciado al estilo que durante años azotó al rival.

Aún en decadencia, durante la breve etapa de Martino, el Barça dominó este escenario ganando los dos Clásicos de Liga. La ida 1-0 con gol de Neymar y la vuelta, 3-4 con otra típica actuación de Messi e Iniesta en el Bernabéu. Su museo favorito.

Ambas derrotas bien digeridas por Ancelotti, fueron el eje de la reconstrucción post- Mourinho. El Madrid encontró esa temporada un sistema que dependía de cinco hombres. Ramos, Modric, Alonso, Di María y Cristiano. Todos ellos inamovibles en la alineación, fueron claves en el célebre décimo asalto a Europa. Se mantuvieron el central, el centrocampista y el delantero.

El mediocentro se fue y el interior huyó. En su lugar llegaron Kroos, James y se reinventó un futbolista como Isco. Mientras Real Madrid evolucionaba el Barça buscaba en el pasado sus señas de identidad.

Aquel documento del Bernabéu 3-1, una partitura adelante y una constitución atrás, publicó el estado del nuevo Clásico.

Ese Madrid, al que acusamos de galáctico, jugaba más cerca de la tierra que el Barça de su cantera. De ese partido Ancelotti salió reforzado, el Madrid lanzado, el Barça precipitado y Luis Enrique cuestionado; sobre todo por los líderes de su equipo.

Esa noche empezó a cambiar todo. En el Madrid hubo terquedad en el sistema, se abusó de los titulares y en el Barça, surgió una actitud reflexiva, el poder volvió a los jugadores.

Avanzó la temporada, llegaron las lesiones y en el camino de Ancelotti y Luis Enrique se cruzó Simeone.

Mientras el Barça renegoció el estilo y descubrió el contragolpe goleando al Atlético en Copa, el Madrid se iba de fi esta tras ser goleado. La temporada de ambos técnicos volvía a empezar.