Verónica Contreras: Una mexicana en la Champions League

Con una historia de trabajo de 15 años en Europa, esta joven capitalina diseñó el uniforme de los Búfalos de Gante, equipo que compitió en el máximo certamen futbolístico europeo.

Bélgica

Antonio Contreras miraba en su casa de Coyoacán el resumen del partido entre el club alemán Wolfsburgo y el belga KAA Gent perteneciente a los octavos de final de la Liga de Campeones de Europa. Era el 8 de marzo y, al concluir el reporte, el hombre escuchó cómo los conductores loaban el esfuerzo que había realizado el equipo campeón de la liga de Bélgica durante su primera actuación en la competencia, pero también cómo reprochaban su pobre actuación en la llamada Champions League. Sin embargo, al finalizar el reporte, los comentaristas coincidían en una cosa, que el uniforme de los “Búfalos” era lo único rescatable del equipo.

Los presentadores de la cadena Fox Sports que analizaron el encuentro aquella noche, ignoraban un detalle, que aquella fluorescente vestimenta del hasta hace unos años modesto pero longevo club de futbol, de la también modesta primera división belga, había sido creada por una mujer nacida hace 42 años en la Ciudad de México, nada menos que hija del mismo Antonio Contreras.

Como a un palomo, al hombre se le hinchó el pecho de orgullo al escuchar los comentarios finales de la transmisión de televisión y decidió enviarle un mensaje a su hija, quien vive y trabaja en Gante —una pequeña y medieval ciudad conocida como La Venecia del norte de Europa—, y es la primera mexicana que milita en la UEFA Champions League sin pisar el césped.

A más de 10 mil kilómetros de distancia de México, la mujer de ojos verdes como aceitunas leyó sorprendida el mensaje de su padre. Esa noche, a pesar de la derrota de su equipo, Verónica Contreras se sintió satisfecha de haber visto cómo su creación había lucido durante varias jornadas en la competencia de futbol más famosa del mundo y era reconocida del otro lado del mundo.

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La historia de Vero, como la llaman sus amigos en Bélgica y México, está llena decisiones que parecieran impulsivas, pero que curiosamente la han llevado muy lejos. Con una vida de ensueño, en el año 2000 Verónica decidió dejar Playa del Carmen, Quintana Roo, para seguir a Erick, un belga con el que había contraído matrimonio un año antes y que el mismo Caribe mexicano había puesto en su camino. Entonces no imaginaba lo que el destino le tenía reservado.

Unos años antes de viajar a Europa siguiendo a su marido, la chica de cabello negro como el carbón y de amplísima sonrisa se había lanzado a la aventura —como ella misma define casi todo lo que hace— a Playa del Carmen en busca de convertir en realidad su sueño de vivir cerca del mar y hacer algo con la carrera de mercadotecnia y un diplomado en diseño institucional que acababa de concluir en 1997 en la Ciudad de México, donde nació y creció.

Fue en el entonces recién estrenado hotel IberoStar donde obtuvo un trabajo temporal como animadora de playa. Ahí se pasaba los días y las noches conociendo y saliendo con gente y amigos. Sin embargo, tras un año de agitada vida social, decidió finalmente ir a la oficina que llevaba los asuntos de mercadotecnia del mismo hotel y preguntar si necesitaban a alguien para trabajar ahí. Aquel sería, como ella lo llama, su primer golpe de suerte.

La persona que la recibió en la oficina le dijo que en efecto en ese momento estaban buscando a alguien en esa área y la invitó a que dejara el traje de animadora y que se presentara al día siguiente para incorporarse al trabajo con ellos.

Durante varios meses, Verónica aprendió todo lo que pudo sobre comercialización de servicios turísticos, principalmente al momento de su apertura, lo que la llevó a colaborar en la instalación de otros hoteles de la misma cadena española en Cozumel y República Dominicana.

Verónica conoció a Erick en ese mismo periodo. Él, un ingeniero belga, era el encargado de instalar todo el equipo de sonido en los bares y discotecas del IberoStar. Como novios y ya casados, ambos viajaron en un par de ocasiones a Bélgica de vacaciones. Fue durante la última visita que realizaron, cuando él ya no quiso regresar más a su empleo en los hoteles del Caribe y le pidió a su esposa que se quedaran a vivir en su país.

En otro arranque de aventura, ella accedió a la propuesta aunque en ese momento resultaba completamente incierta.

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Para Vero no fue sencillo adaptarse a la vida en este pequeño país famoso por su cerveza y sus deliciosas papas fritas. Para la mexicana, lo más complicado fue el idioma. Como en todo el norte del país, en Zottegem, la localidad flamenca donde llegó a vivir junto a Erick, se habla holandés, una lengua que no coincide en casi nada con el español al pertenecer a otra familia lingüística.

Al principio, durante las reuniones y fiestas, los amigos de su esposo se comunicaban con ella en inglés, pero con el paso de las horas, y de las copas, se cansaban de hablar en otro idioma y cambiaban al holandés. Así que decidió que si iba a quedarse tenía que hablar la lengua local. Fue entonces cuando comenzó a tomar clases de neerlandés, como también se le conoce.

Conseguir un empleo, dice, fue más sencillo que hablar holandés. Su primer trabajo como diseñadora lo consiguió en una empresa de confección de uniformes deportivos llamada Emico, ubicada en la misma localidad de Zottegem, y cuyo dueño era un belga de nombre Edwig. En esa compañía, aprendió todo acerca de ropa deportiva. Durante los tres años que laboró en Emico, Vero cuenta que vivió en carne propia cómo la industria textil europea cambió y cómo, para quienes trabajaban en ese sector, el cambio fue para mal.

En cuestión de unos años, de ser una firma que diseñaba, imprimía y confeccionaba cada uno de sus uniformes —no sólo para ellos sino también para otras empresas— Emico pasó a ser únicamente una oficina que contactaba a los clientes y diseñaba, pero producía en Europa del Este.

En poco tiempo, las costureras y quienes imprimían los negativos de los uniformes fueron despedidos porque ya no eran necesarios. A pesar de los recortes, en cuestión de meses, el quiebre de la empresa fue inevitable y todos sus empleados, incluida Contreras, se quedaron sin empleo.

Por entonces, en 2003, Verónica también tuvo dificultades personales con su esposo por lo que decidieron tomarse unas vacaciones en México; sin embargo, aquel viaje fue el que la empujaría a separarse de él y a quedarse con sus padres en nuestro país. Contreras consiguió empleo en una casa de bolsa, pero no logró adaptarse.

Ese mismo año, en otro golpe de suerte, Edwig, quien fuera su jefe, le llamó para pedirle que regresara a trabajar con él a Bélgica en la nueva empresa que estaba por abrir. Tras la insistencia y la promesa de un buen salario, además de la noticia de que debía regresar a cobrar el dinero que le debían por la quiebra de Emico, y también ante la necesidad de divorciarse, Contreras aceptó el nuevo empleo y decidió regresar a Bélgica.

Durante otros tres años, la vida siguió para Vero sin mayores problemas. Sin embargo, en 2006, Alpintex, la nueva empresa de Edwig, quebró de nueva cuenta y la mexicana se vio de nuevo sin empleo por algunos meses. Aun así, se quedó en Bélgica y en poco tiempo encontró otro trabajo en un despacho de diseño cercano a Amberes.

En 2008, Verónica fue contactada por una de las firmas más grandes de este país, Jako, que compite fuerte ante marcas internacionales como Adidas o Nike. Ahí diseñó por primera vez el uniforme de los Búfalos de Gante, vestimenta con la que ganaron el torneo de copa en 2010. Desafortunadamente, en diciembre de ese mismo año, la mexicana fue despedida de la compañía a causa de una reestructuración interna.

Ya con 10 años de vivir en este país, Verónica tenía un buen número de conocidos. Fue a uno de ellos de nombre Peter Damaso, quien laboraba en una empresa recién adquirida por un nuevo dueño llamada Jartazi, a quien contactó para presentarle su carpeta de creaciones. En cuestión de semanas, se incorporó como diseñadora.

En 2014, Jan Vijverman logró el contrato a media temporada con el club de futbol de Gante, incluso frente a marcas internacionales, gracias, en gran medida, a las creaciones que Verónica presentó.

Al ganar la liga en 2015 y obtener un boleto a la Champions, Contreras tuvo que estudiar también con rapidez los estrictos reglamentos de la competencia europea, tamaño de escudos del club y de la UEFA, localización de patrocinadores —que solo es uno—, entre otros detalles hasta lograr un diseño que se ajustó a las normas y gustó al club.

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Desde la carretera E17, que conecta las ciudades de París con Ámsterdam, se puede ver un moderno estadio que por las noches brilla como una pecera de color azul neón. Se trata de la casa de los Búfalos de Gante, el modesto equipo fundado en 1900, cuyo sobrenombre fue tomado por una gira que realizó Buffalo Bill por Europa y su visita a esta ciudad, cuyo equipo hoy es considerado el campeón “milagro” de la liga profesional belga.

Como es habitual, en la temporada 2014-2015 el Club Brugge —Brujas—,el más célebre del país, dominó durante gran parte del campeonato, pero el camino hasta el título en la copa belga y el llegar tan lejos en la Europa League le terminó pasando factura en una Liguilla (aquí conocida como Play Offs). El otro “grande” del futbol local, el Anderlecht tampoco figuró. Ambos estuvieron ahí, pero no dieron la sensación de poder estar a la altura como lo hizo el equipo dirigido por el técnico Hein Vanhaezebrouck.

Al final, el campeonato se definió entre los de Gante y los de Brujas y la victoria de los Búfalos en el juego de visita terminó con los años de dictadura de los “dos grandes del futbol belga”. Fue así como, enfundados en el uniforme a rayas azules diseñado por una mexicana, habían acallado a aquellos que decían que el futbol belga es un deporte de 11 contra 11 donde siempre gana el Anderlecht, y lograron su boleto a la Champions League por primera vez.

El pasado mes de marzo Verónica llegó a la pecera neón vistiendo una de sus propias playeras. En el graderío escuchó el famoso himno de la UEFA. Desafortunadamente, aquella noche el KAA Gent no logró superar a los alemanes. No obstante, sentada ahí, lejos de su país natal la chica de ojos verdes como aceitunas miró de nuevo su creación, la de la primera mexicana que juega en la Champions sin pisar el césped.