La Sagrada Familia

Barcelona, en horas bajas; se cita con el Real Madrid, sin Cristiano, en la Final de la Copa del rey, un partido capital para los culés, que han caído en la Champions League y en la Liga descendieron al tercer lugar.

Valencia, España

Un partido. Al Barça que todos conocimos le queda un partido. La Final de Copa frente al Real Madrid se vuelve casi un homenaje para un equipo que cambió la forma de mirar el futbol en una generación entera.

Así lo advertía el lunes la nostálgica conferencia de Puyol que volvía a amarrarse el gafete para dar serenidad. Puyol, herido, puso a disposición del club lo último sano que le queda: el juicio. El reconstruido capitán habló en medio de la ingobernabilidad que rodea a su equipo. La palabra de Puyol previa a un duelo que puede ser lapidario, pretende llenar con signos, símbolos y mensajes el hueco que dejó libre Gerardo Martino, tan desdibujado, que no entra bien ni en la chaqueta oficial del Club. Elegir entrenador es una decisión de vida.

En instituciones como el Barça significa entregar a una persona sus escrituras. Pero Martino nunca terminó por parecer de la familia. Hasta Vilanova, la herencia se mantuvo razonablemente sólida, quizá los únicos cambios visibles eran la intensidad en la recuperación de la pelota y las zonas del campo donde se influía con y sin ella. El libro de estilo que se había reeditado en los últimos años, ya no alcanzaba a interpretarlo un hombre como Vilanova —sustituido por Roura— único autorizado por los jugadores para subrayar lo que había dejado escrito Guardiola. El nuevo técnico tendría que hacer anotaciones al margen. A Martino se le vio incómodo con la filosofía desde el principio. Llegó a un equipo que había jugado como David, cuando los demás querían ser Goliath. Con la pelota en poder de duendes el Barça dominó el mundo, la eligió como arma entre muchas otras que los tiempos del futbol ofrecían.

Contragolpe, lucha y músculo, no garantizaban que un equipo de complexión diminuta tuviera éxito en épocas donde el Manchester United, Inter de Milán, Chelsea, Real Madrid o Bayern Múnich mandaban con abuso de fuerza.

Con Martino se entregó a la velocidad, futbol de transición meteórica con desdobles explosivos y la búsqueda del remate nuclear. Fácil de imitar, muy visto. Los signos de identidad del Barça que tan distinto lo hacían al resto se iban desvaneciendo. Jugadores como Xavi, Iniesta y Pedro perdieron protagonismo.

Sin el viejo capitán en el campo, el equipo que años antes había sido un hermanad, se perdía en el individualismo. Y el madridismo que tantas pesadillas tuvo con este Barça, lleva tiempo soñando con este partido. Puede ser Real Madrid  quien coloque la última piedra sobre la que termine descansando el mejor equipo de la época.

Sin centrales, el partido corre el riesgo de volverse una carnicería. No merece un final así. Al rescate puede que acuda Puyol, que como muchos otros, vestirá por última vez la camiseta que lo crío. La Copa ha sido entre estos equipos una cita que resume su estado civil.

El Madrid llega sin Cristiano, y en el Barça se busca a Messi. En cualquier caso, gane o pierda, la lápida de este genial Barça, una sagrada familia, deberá estar hecha con piedra de su cantera.