El clásico bajo palos

Claudio Bravo e Íker Casillas se volverán a ver las caras en el Camp Nou, el chileno llega como el portero menos batido y arropado por su afición; mientras Casillas no logra reconciliarse con el madridismo

Claudio Bravo (izq) e Íker Casillas (der) serán protagonistas del próximo clásico entre Barcelona y Real Madrid
Claudio Bravo (izq) e Íker Casillas (der) serán protagonistas del próximo clásico entre Barcelona y Real Madrid (Especial )

Madrid, España

La portería de Real Madrid y Barça es un lugar al que los historiadores solo recurren para hacer crónica de sus catástrofes. Dos pretextos convenientes. La legendaria figura de Casillas y el estupendo recuerdo de Valdés, mantuvieron la peste a raya.

El portero de un equipo grande sirve para dos cosas: detener y sostener. Su osamenta, alejada de las zonas del campo donde se modelan camisetas, funciona como costal de golpes. Cuando nadie se atreve a cuestionar al delantero millonario, siempre está el portero para culpar.

En ese sentido Casillas ha sido ejemplar, pone las manos en las buenas y la cara en las malas. Es institucional. Valdés era distinto, un rebelde bajo palos que ganó lo que ningún guardameta pudo ganar en el Camp Nou, su confianza. La portería nunca ha sido un bien patrimonial en Barcelona.

La Masía sufre para encontrar arqueros, pero sufre más para formarlos, por qué, ¿Quién carajo sueña con ser portero en la casa donde nacieron Xavi, Iniesta y Messi? El puesto es arcilloso en la cantera, tanto, que hoy los amos de llaves del Camp Nou son un chileno experimentado y un alemán prometedor.

Claudio Bravo llegó al Barça en completo silencio y, aunque sus números son escandalosos, se mantiene en silencio. No hace ruido, parece que no está. Cumple esa función propia de los cartujanos. Al final, los porteros son los monjes del futbol. Reflexivos, solitarios, espirituales. Están al servicio de la calma.

El otro ejemplo es Keylor Navas. El mejor guardameta del Mundial junto a Neuer, sigue a la sombra de Casillas, un órgano vital del madridismo. Navas como Bravo, llevan una vida de claustro. Clausuran cualquier polémica cuando se les ofrece, son dóciles en el vestuario y útiles en los entrenamientos. Ayudan a mantener la paz dentro del nocivo ambiente que envuelve clubes tan peligrosos como los suyos, expuestos a editoriales huracanados.

De Casillas poco podemos decir que no hayan dicho las imágenes. Basta revisar el álbum del futbol mundial en los últimos diez años, para encontrarnos una foto de Casillas en cada página. Dos Eurocopas, un Mundial, tres Champions, un Mundial de Clubes, una Intercontinental, una Supercopa de Europa, cinco Ligas, dos Copas del Rey y cuatro Supercopas de España. Nada se le puede reprochar más que los años. La edad es una cruel biógrafa de los héroes y a Casillas, le llegó Mourinho en una mala edad. La época más crítica del ídolo coincidió con la época más triste de Real Madrid.

Fueron años donde los antiguos principios que dieron honor a este Club, se cuestionaban todas las mañanas en Valdebebas. Era tal la pérdida de nobleza diaria en el Real Madrid, que a un jugador como Casillas se le llegó a juzgar por traición. Casillas no puede reponerse desde entonces. Su confianza como guardameta quedó tocada y su moral como capitán, adolorida. Entre todos ellos, Casillas, Bravo, Keylor y el bien recordado Valdés, hay un guardameta cuyo futuro merece un análisis al margen del presente: Ter Stegen representa el nuevo biotipo del portero universal. Cuando el Barça se fijó en este joven alemán, había algo que a la mayoría del medio no gustaba. Pensar en la palabra portero y la palabra alemán, hacia recordar dos nombres: Harald Schumacher y Oliver Kahn. Antiguos guardianes del muro, hombres de piedra, fríos, rudos, germánicos.

Pero Ter Stegen, al igual que el mediático Neuer, es una pieza fundamental en la evolución del futbol Campeón Mundial. Como portero es seguro, alto y fuerte, cumple los requisitos genéticos de la posición, pero como jugador de campo, es excepcional. Durante las prácticas del Barça todos los días en Sant Joan Despí, hay un momento que vale la pena presenciar. Los ejercicios con balón en los pies, los pases en corto y largo y el tiro a gol de Ter Stegen son hipnóticos. Me tocó comprobarlo en directo durante la semifinal de Copa del Rey en Castellón contra el Villarreal.

En 90 minutos detrás de las porterías de Ter Stegen, vi como Piqué y Mascherano, exigían empezar la jugada de ataque a su portero. Un prodigio en la salida. El alemán toca y le pega a la pelota como uno más. Incluso como los mejores del equipo. Hay rondos, ejercicio en espacios reducidos, donde la habilidad de este portero sonroja delanteros y mediocampistas. Atención, estamos hablando de un entrenamiento del Barça, el dueño del balón. Que Ter Stegen haya llegado el Barça no es casualidad, es una sucesión de moléculas en la nueva naturaleza del futbol. Real Madrid y Barcelona tienen, aunque pocos lo noten, el mejor grupo de porteros del mundo. Sea por personalidad, historia, estadística o estilo, la puerta del Clásico, la abren y cierran sus porteros.


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