De Madrid al cielo

El Atlético sacó el corazón, y con un gol de Koke venció al Barcelona; los rojiblancos regresan a una semifinal de Champions 40 años después; los colchoneros conocerán este viernes a su rival

Madrid, España

Prólogo: Los ribereños

Madrid, Puerta de Atocha, 19:30 hrs, sobre las vías de un tren. La ciudad se siente más cómoda siendo del Atlético que del Real. Sin guardar las apariencias, el ciudadano rojiblanco vuelve a la capital un enorme barrio. Lo pinta de grafiti, le canta, le grita, come y bebe en las esquinas y viaja en subterráneo. Sin complejos. Los colchoneros viven a su estilo la señorial Champions League. No les intimida nada, ni nadie. Ni siquiera las 6 semifinales consecutivas de su rival en el torneo contra sus 40 años de ausencia entre los grandes de Europa. Atlético de Madrid como los buenos equipos ribereños, tiene carácter, pero no olvida la chispa, ésta se la ofrece el pueblo. Porque los equipos así, tan identificados con su afición, más que equipos son representantes populares. Civiles vestidos de futbolistas, héroes.

Introducción: Curandero de ciudadanos

Madrid, a orillas del Manzanares, 20:30 hrs, dentro del Estadio. Apenas se le ve el óxido al Calderón, porque está muy oxidado. Por debajo de su tribuna principal pasa la calle 30, que a estas horas embotella el ambiente entre sirenas, bocinas y smog. Además de oxidado, el Calderón también está contaminado. Lejos de la zona noble se levanta como monumento urbano. No es un estadio elegante, mucho menos tradicional, tiene otros poderes, es un enorme curandero de ciudadanos. Con el Atlético dentro y el Barça enfrente, empiezan a desfilar los símbolos de Champions. Pero el sabroso Calderón, oxidado y sucio, es un campo con sus propios protocolos, donde el anfitrión no da la bienvenida, ni pide permiso, aquí vive y manda el Atlético de Madrid.

Capítulo Primero: Marcador Global

Arrancó el partido con el Barça en su sitio, adelantado. Y también con el Barça en su estado, tranquilo. Fueron 3 minutos, cuando mucho 4 en los que pudo sentirse favorito. Con el balón a 70 metros del marco de Pinto apenas se extrañaba a Piqué o al viejo Puyol, desvencijado en algún baúl del futbol. La defensa del Barça, nunca tan cristalina como ayer, cayó sin resistencia al 6' (Koke 1-0), tras un remate al poste y un rebote quién sabe contra quién ni en dónde. El Atlético no solo ganaba el juego, ganaba todas las carreras, las acciones, los balones divididos y el cuerpo a cuerpo. Estaba arrollando al Barça. En 20 minutos pudo acabar con la eliminatoria y, de paso, con su antigua historia. El nuevo testamento, el de Simeone, empieza con este versículo: recuperaréis todos los balones en la primera línea de presión. El Barça sobrevivió el azote, lo cosieron a palos, se estrellaron tres goles en los postes antes del minuto 25'. Para entonces el Atlético se templó. Cogió aire y regresó otra vez, 70 metros hacia atrás. Se defendió con dos líneas muy juntas, impermeabilizó el campo y apenas permitió un cabezazo de Messi y un sensacional caño de Neymar, como los del Cirque du Soleil. Así llegaron hasta el 45', uno a cero, dos a uno global, tan global que al descanso el eco de la derrota del Barça y la victoria del Atlético rebotaba en todo el mundo.

Capítulo Segundo: El nuevo puto amo

Apenas hemos mencionado a Messi. Pero el Barça a estas alturas pensaba más en Pedro y Alexis, dos hombres con ritmo a los que el escandaloso contrato de Neymar —otro crimen del marketing— había recluido en las profundidades de la húmeda banca del Calderón. A pesar de que Pedro y Alexis enmohecían, Neymar era el único que ofrecía algo diferente mientras su equipo chocaba contra la recia defensa madrileña. Muy argentina, Bilardista por cierto, pero 25 años adelantada en el tiempo. Simeone controlaba a su equipo, dominaba a Martino y dirigía una gigantesca sinfónica metropolitana. Si algún hincha se hubiese cansado de apoyar, lo más probable es que Simeone pusiera otro hincha a calentar. Era el nuevo puto amo. El partido continuaba por las calles empedradas del barrio donde nació el Atlético. El balón difícilmente encontraba dueño, rebotaba entre espinillas. Los jugadores le perseguían y Messi, ¿Hemos mencionado a Messi? buscaba un hueco donde ni Andrés Iniesta podía encontrarlo. El de Martino, una versión presidencialista del club, capaz de dudar hasta de Iniesta, resultó tan predecible como un corporativo en crisis: impotente, lento y gigante. Aun así el Barça tuvo oportunidades, pero cada balón que merodeaba las tierras bajas de Mascherano y Pinto apestaba a azufre. El Atlético tenía el partido en el saco, tenía las semifinales en la agenda y también, tenía a Courtois. Un arquero volador, como los antiguos. No hubo tregua ni en la grada, la intensidad marcó la noche y hasta la madrugada continuó escandalizando Neptuno. Quedaban dos caminos, homicidio en segundo grado por contragolpe, o frotar la lámpara del genio. Ninguna de las dos películas se estrenó, aunque estuvo más cerca Koke que Messi del gol. Terminaba el partido casi como empezó, con el Atlético muy adentro del Calderón y el Barça, no enfrente sino afuera.

Epílogo: Otra civilización

No hay en este momento una afición que rece tanto por su equipo. El Atlético líder en Liga y semifinalista en Champions ha cambiado la religión de un pueblo. Las revoluciones en el futbol ofrecen dos opciones: empezar por adelante como la que encabezó el Barça de Guardiola o por atrás, como la que funda Simeone. En este caso la del Atlético es igual de autentica que la del Barça, sobre todo en la determinación para defender otra idea y otra civilización: el viejo Madrid de barrio ha vuelto.