¿Por qué el futbol es el deporte más popular del mundo?

Crítica a la violencia y goce ante el placer estético se mezclan en esta reflexión sobre el balompié y su promoción de los instintos elementales en contraste con los valores sociales.

Futbol
(Shutterstock)

Los pies como centro del mundo. El rasgo más singular del futbol soccer es que se juega con los pies; y es que resulta más difícil y más agresivo jugar un deporte con los pies que con las manos. Esta mezcla entre el grado de dificultad que se requiere para jugar un deporte con los pies y el grado de agresividad que de ello se deriva, es el punto de partida que quizás explique por qué el futbol es el deporte más popular del mundo.

Los pies son una de las partes que más menospreciamos de nuestro cuerpo (hay peores, como las digestivas); los hemos simbolizado como meros instrumentos de carga y transporte; de ahí que los estigmaticemos: “Parece que lo hiciste con las patas”, decimos, connotando nuestras extremidades bajas como epítomes de lo torpe y lo pedestre (del latín pedestri, propio de los pies).

Las manos simbolizan lo contrario; son extremidades finas, diestras, representan un don natural que ninguna otra especie posee; con ellas, el Sapiens levanta rascacielos, arma smarts phones, pinta como Rembrandt, sorraja puñetazos y aprieta el gatillo de un cuerno de chivo

El partido es un ritual en el que necesidad, voluntad y azar se representan  en la cancha

, es decir, hace con las manos lo que ninguna otra especie puede. Por lo general, los pies simbolizan animalidad y las manos cultura. Podemos hacer analogías de nuestros pies con los de muchas especies, pero no con nuestras manos que están muy por encima en capacidad de las de cualquier otro animal.

Pero en el futbol soccer los pies se resimbolizan y reafirman una dignidad que nunca habían tenido. El futbol reivindica de manera cabal el universo de los pies e invierte la jerarquía que las extremidades superiores han impuesto sobre las inferiores en la “vida real”, convirtiendo un partido de futbol en un genuino mundo al revés, donde los pies son los elementos soberanos que definen el juego en todos sus aspectos y las manos miembros proscritos y vetados de la cancha (salvo en el caso del portero y  de los saques de mano, que se hacen desde fuera de la cancha), entidades obscenas en un espacio donde los sempiternos discriminados pies son las majestades indiscutibles  en el reino el soccer.

Reafirmando la competitividad y la agresividad. Pero el futbol es muchas más cosas. Comencemos diciendo que el soccer no es unjuego sino una competencia, una contienda cuyo fin supremo es ganar a toda costa al equipo contrario y no solazarse en una actividad lúdica en la que el resultado no importa. El hipercivilizado lema: “Lo importante no es ganar sino competir”, no funciona ni en el futbol soccer ni en algún otro deporte, es una falsa ilusión civilizatoria, una letanía vacía que los organizadores de los eventos y los medios de comunicación repiten de dientes para afuera, sabiendo, en el fondo, que carece de significado.

Tanto para el jugador como para el aficionado de todo tipo, ganar es el leitmotiv último y único de un partido de futbol; sin este épico anhelo, a veces compulsivo, a veces mesurado, de ambicionar la victoria, el futbol dejaría de inflamar pasiones, de engendrar arrebatos; es la existencia de este espíritu de competencia lo que le da sentido a un encuentro de futbol (profesional o no); sin esta atmósfera de rivalidad, sin este choque de identidades en el que se juegan, virtualmente, la vida dos equipos adversarios, el futbol no sería el deporte más popular del mundo.

Pero en el soccer esta rivalidad va necesariamente acompañada de otro añejo instinto del Sapiens: la agresividad; muy condenada por todo un carnaval de morales que la juzga negativa, y muy castigada por toda una mercería de leyes punitivas, que también la juzga reprobable. Por jugarse con los pies, el futbol es uno de los deportes más agresivos que existen (tal vez sólo el Mixed Martial Arts lo sea más). Usar los pies como instrumento de juego resulta más agresivo que usar las manos. La llamada pasión del futbol es también la expulsión de fuertes dosis de noradrenalina que se expresan en acciones violentas dentro y fuera de la cancha. Imaginémonos un partido entre dos equipos y dos aficiones históricamente rivales, a quienes se les permitiera jugar sin regla alguna —ni futbolística ni jurídica— y que al final nadie fuera sancionado: la impunidad desbocaría la violencia y la sangre correría a raudales; es decir, que las reglas limitan pero no eliminan, en el futbol, la agresividad.

En esta vocación belicosa constatamos uno de los significados y funciones esenciales del futbol: permitir que algunos de nuestros instintos primarios se liberen, si bien en un marco de reglas y sanciones. En la letra, el futbol es un quehacer cultural que busca cumplir objetivos muy civilizatorios, a saber, divertir, entretener y distraer a las familias. Pero en los hechos, el soccer está motivado más por actitudes derivadas de impulsos irracionales que de una racionalidad civilizatoria.

Las trampas de la fe (futbolística). De hecho, al revisar la historia de las últimas tres o cuatro décadas del futbol constatamos que hay una clara tendencia de los jugadores y los aficionados a ceder más a sus instintos competitivos y agresivos que a su racionalidad civilizatoria. Los jugadores son cada vez más sucios y tramposos; su conducta aviesa —a veces parecida a la de la lucha libre— actúa en razón inversa a la supuesta civilidad que pregonan los gobiernos, las asociaciones que organizan los torneos y las empresas mediáticas. El llamado fair play y los forzados rituales de respeto y amistad que se dan antes de comenzar un partido, son artificiosos, mecánicos y nada auténticos, y se efectúan porque el futbol debe proyectar una imagen pública que reafirme la obsesión del hombre moderno por civilizarse. Aquí, el soccer es una metáfora de la dicotomía irremediable entre naturaleza y cultura en que siempre estará atrapado el Homo Sapiens.

Y mientras el jugador profesional se ha vuelto cada vez más timador y comete más faltas fingiendo que no, dentro de los aficionados de pronto apareció un grupo —barras, porras, hooligans— que comenzó a asistir a los estadios para volcar sus instintos agresivos y revanchistas de manera desaforada, convirtiendo al futbol en un viable recurso para que los instintos de rivalidad y agresividad se expresaran de forma franca y desbocada. Nació así, en todo el mundo, un aficionado fundamentalista, no necesariamente de clase baja, para quien ir al estadio significaba no corear cánticos a favor de su equipo, no echar porras y alentar a sus héroes deportivos, sino dejar que su noradrenalina se desparramara para quemar butacas, partirle la madre a miembros de la barra contraria, golpear policías, saquear negocios o simplemente madrear gente por la necesidad instintiva de hacerlo. Ciertamente no todos los aficionados se comportan así, pero es significativo que en todo el mundo hayan aparecido fans noradrenalínicos —que por supuesto aún existen— cuya importancia es cualitativa, pues bastan unas cuantas decenas de ellos para introducir el terror en un estadio poblado por decenas de miles de personas.

Hay que decir que no obstante estos excesos, alrededor de un partido de futbol, todos los aficionados expresan algún grado de agresividad y de rivalidad, pero también una buena dosis de azoro y placer por el ingrediente estético, la gran movilidad y la fluida continuidad que, como ningún otro deporte, posee el soccer (cuando se juega bien), insisto, gracias a que se practica con los pies.

Ontología del futbol (primer tiempo). En el futbol se ponen, además, en juego las tres variables que rigen nuestras vidas: la necesidad, la voluntad y el azar. Un partido de futbol soccer es un ritual que representa y vive en la cancha estas variables que existen en la vida fuera del estadio, convirtiéndose en una gran metáfora de la vida del Sapiens.

Ontología del futbol (segundo tiempo). En el soccer, la necesidad es la realidad a la que ha de enfrentarse un equipo para intentar lograr un triunfo, incluido el comportamiento del otro equipo, las reglas del juego, el clima, el árbitro, etcétera; la voluntad es la capacidad y la estrategia que se aplican en un partido; y el azar las contingencias imprevistas que suceden durante la competencia.

Ontología del futbol (tiempos extras). Combinadas, estas variables derivan en la conformación de un partido de futbol. La variable que determina el triunfo de un equipo es la voluntad, es decir, la estrategia y la capacidad de los jugadores de un equipo para imponerse al otro, siendo la necesidad la variable que la voluntad tiene que tomar en cuenta para ganar el partido, y el azar un factor no siempre secundario que puede influir en el resultado final del encuentro.

Ontología del futbol (penaltis). Para el jugador, participar en un partido de futbol es involucrarse y protagonizar un ritual que a pesar de serlo se erige como una vivencia tan real como la vida misma. A diferencia del teatro, que es una ficción confesa, el futbol es una competencia real, auténtica, y a la vez un ritual, es decir, una representación de ciertas conductas del Sapiens que la civilización ha reprimido y connotado indeseables.

Una garganta profunda: el estadio. El estadio es un templo donde se oficia no una misa mesurada y recogida, a la manera de las religiones monoteístas-moralistas, sino una celebración de nuestros instintos más primarios. La pasión que despierta el soccer no proviene de una muy dudosa espiritualidad del Sapiens, sino de conductas muy elementales programadas en nuestro ADN, que, como hemos señalado, no tienen nada que ver con grandes aspiraciones religiosas.

Por eso, habría que matizar la frase que afirma que “el futbol es como una religión” (como lo promueve algunas marcas de refrescos y diversos medios de comunicación) y decir que, en todo caso, el soccer es una religión muy pagana y muy aterrizada, que busca más el más acá que el más allá, que en su liturgia no se le rinden cuentas a un dios iracundo, ni existen decálogos ni pecados capitales, que su reino se halla en este mundo profano y que en lugar de cultivar alma alguna se preocupa por permitir que ciertos instintos primarios fluyan lo más posible. En este sentido, el futbol es una antirreligión, que lejos de aspirar a reconocer y adorar lo divino-superior, quiere afirmar nuestras conductas inferiores; o si se prefiere, es una religiosidad al revés, pues aspira a entronizar nuestra conducta con los bajos fondos de la existencia y no con altos niveles espirituales.

La censura mediática de nuestros bajos instintos. Estas conductas bajunas no son del agrado de quienes intentan a toda costa encasillar y definir al futbol como un deporte sano y civilizado, como son, otra vez, los gobiernos de todo el mundo, las asociaciones de futbol (que cada vez ceden más a sus más bajos instintos de cohecho y corrupción) y los medios de comunicación de todo tipo. Nunca escucharemos en una transmisión de futbol, por ejemplo, el lenguaje soez y placero —que justamente es la expresión verbal de estos instintos agresivos y competitivos— saliendo de las rabiosas y perdularias bocas de los jugadores en la cancha; tampoco los insultos y modismos procaces de los miles de aficionados que no dejan de imprecar con improperios a árbitros, jugadores y fans del equipo contrario; sería aceptar que el futbol no es nada familiar ni nada civilizado, y que sobre todo sirve para manifestar nuestros bajos instintos.

Todo esta dimensión salvaje y primitiva, pero absolutamente real, de lo que sucede en el estadio es censurada y omitida por los medios de comunicación, quienes sólo transmiten la parte light de un partido, adornándolo con crónicas que inventan partidos inexistentes o con graves comentarios que se pretenden inteligentes. La parte instintiva —la esencial— del futbol choca con su falsa concepción de lo que debería ser el soccer, es decir, un ejemplo de civilidad humana no de su ordinariez. ¿Cómo mostrar una imagen grosera del deporte más popular del mundo, cómo transmitir las vulgares e híper prohibidas injurias, muchas de ellas llenas de inaceptables acepciones sexuales, que pronuncian iracundos los mismos jugadores que los medios endiosan y convierten en epítomes de entereza y buen ejemplo moral. Hay muchas más incongruencias de los medios oficiales que organizan, patrocinan y difunden el soccer, pero ya no hay espacio para hablar de ello.

Finale con chanfle. Sugerencia: si vas a ver un partido en la tv, bájale al volumen, no escuches el paupérrimo español de los cronistas ni los (pre) juicios baratos de los comentaristas; mejor da rienda suelta a tus instintos primarios de la manera más moderada posible y disfruta en silencio la estética del soccer que, parecida a la del jazz, puede llegar a ser prodigiosa.