La utopía de Antonio 'El Güero' Jasso

Una historia ignorada del futbol mexicano: el delantero que diseñó un método para que el jugador aprendiera también a pensar, imaginar y entender que la vida es más que un balón.

Ciudad de México

PRIMERA PARTE

1. La selección es ridícula. En el Mundial del 58, los jugadores tienen tal terror a perderse en Suecia que caminan por las calles tomados de las manos. Hacen un punto y tímidos, incapaces, regresan a sus equipos de la liga mexicana: ahí sí brillan con eficacia y atrevimiento. Hacia dentro, en casa, lucen sueltos, creativos y valientes. Hacia afuera, en defensa de su patria, se encogen de miedo hasta desaparecer.

La Federación, hasta entonces sometida a los caprichos del decrépito general Núñez, famoso por despachar con una pistola sobre su escritorio, cambia de mando (1960) y llega Guillermo Cañedo. Contrata como director técnico a Ignacio Trelles, un joven que devora literatura deportiva y defiende un futbol enraizado en la imaginación.

Trelles plantea entrenamientos atípicos: comienzan con ejercicios de ojos (ver la propia nariz y luego el más lejano árbol). En su ofensiva hay dos medios fantasmas cuya función es crear confusiones geográficas (nunca están en el mismo lugar; atacan por izquierda, centro, derecha, desde atrás o como puntas). Expone este diseños que se alimentan por impulsos emocionales a los convocados para Chile 62 y algunos jugadores creen que está completamente loco.

2. Es el primer equipo en la historia del futbol mexicano en contar con un auténtico genio: Antonio El Güero Jasso (1935-2013). El escritor y jugador Norberto Iácono publica en Ovaciones: “Es la figura indiscutible del futbol mexicano; los cracks que llenan páginas de revistas en el mundo no le llevan otra ventaja a este muchacho que la de ser conocidos y valorados por todos”.

Antonio es la estrella del América y el creativo en el sistema de Trelles. Traza y comanda los ataques. Su futbol es desconcertante; le basta un movimiento (a veces tan sutil y musical como oscilar la cadera) para transformar por completo los escenarios. De pronto el centro delantero está solo frente al arco cuando un segundo antes el panorama lucía pletórico de obstáculos. Su futbol también es de una brutalidad desconcertante. Agrede con todos sus pensamientos. Una violencia feroz y estilizada que, como en el asesino en serie, al matar conserva patrones de armonía y belleza.

Atrás de Jasso, el central Raúl Cárdenas es alto, seguro, confiable y sale jugando. A los lados, Isidoro Díaz y Alfredo del Águila suben y bajan, fintan, llegan al fondo, centran con idea, tiran bien de lejos, filtran balones, buscan entrar con paredes y pasan de primera. Adelante, Chava Reyes anticipa, es solvente de espaldas, crea espacios, intuye los pases filtrados, gana de cabeza y remata bien con las dos piernas.

3. Parece un equipazo. Les toca el grupo de la muerte. Pierden 0-2 en su debut contra el Brasil de Pelé (que sería campeón). Dominan a España. Una cosa exagerada. Cincuenta y nueve pases sin que el rival la toque. Postes; yerros sin portero. Lo mismo en el segundo tiempo. Su incapacidad para anotar la suplen con burlas. Túneles, sombreritos y rabonas. Hacia el final, Chava Reyes le dice orgulloso al árbitro: “Habremos empatado pero los humillamos”, y faltando dos minutos, el extremo izquierdo español centra al área; al portero Carbajal le viene a las manos pero no dice ¡mía!; el Jamaicón Villegas se cruza, la peina y se la deja a Gento que la empuja.

El tercer partido es contra Checoslovaquia (que sería subcampeona) y ahora sí, sin posibilidades de avanzar, son contundentes y lo ganan (3-1): la primera victoria de la Selección mexicana en la historia de los mundiales.

4. Antonio suena para el Madrid y la Juventus. Nada. Permanece en América. Luce poco tiempo más y se retira en los albores del Mundial de Inglaterra 66. Tiene 31. Se dedica a vender maquinaria de construcción (aplanadoras y palas; dinamita y dobles remolques). Por las noches, en secreto, escribe un ensayo: La dinámica de lo impensado (ideas para revolucionar el futbol mexicano).


SEGUNDA PARTE

1. El capítulo inicial es autobiográfico y oscuro. Está construida por recuerdos escritos en presente, llenos de signos de admiración que se agolpan uno tras otro sin explicaciones.

Largas ausencias paternas (“mi papá es conductor y duerme en una hamaca que coloca debajo del tráiler durante las descargas”).

Debuta a los 14 en Necaxa pero las apuestas en billar dejan más dinero (“se lo doy todo a mamá. Ella compra lana, teje chalecos y en La Merced los vende”).

La Marrana Castañeda, portero del Marte, entierra cadáveres de ratas en el área rival (“disque para convocar la mala suerte”).

Empresarios apocados dirigen los equipos; compran argentinos lentos, torpes y tramposos (“¡y hasta lastimados!”) mientras los mejores jugadores envejecen pobres en los llanos (“¿su pecado?: ¡ser mexicanos!”).

Zacatepec contrata a Antonio, viajan a León y el camión choca. Un delantero suplente se rompe parte del cráneo. Para curarlo, el médico del equipo (argentino) le echa alcohol en el cerebro (“y así murió el chico, chillando de dolor a mitad de la carretera, por obra de otro farsante argentino que no sabe leer ni escribir pero sabrá Dios por qué los mexicanos ¡hasta doctor lo hicieron!”).

Lo seleccionan. La preparación es en Europa. Hay jugadores que no salen del hotel para acostarse con las mucamas. Contraen gonorrea (“regresan a sus esposas con manchas amarillas en el pene y alrededor de los labios”).

En Chile, dos días antes del debut mundialista, comen a las afueras de Valparaíso, en la casa de una mexicana encantadora que es amiga de Pablo Neruda. Ella extraña México y quiere consentir al equipo de futbol. Les da carne y vino, pastel y café, y al final a cada uno le regala una crucecita de plata con una virgen llorosa. A manera de despedida, Chava Reyes se baja los pantalones, pide a sus compañeros que le hagan “casita”, y se caga en el sillón de la sala (“yo no puedo creerlo; después de lo que hicieron por él, así lo agradeció y lo peor de todo es que varios ¡se lo festejaron!… ése es el futbol mexicano y sobre estas bases miserables se dirige hacia el futuro”).

Así, con esa imagen grotesca, termina la narración fragmentada de esta historia triste.

2. La segunda parte del ensayo es opuesta. Luminosa y entusiasta. Antonio propone una escuela de futbol revolucionaria, alegre y dinámica, donde se enseñe futbol a niños de entre 8 y 15 años como nunca nadie lo ha enseñado: alrededor del estudio, la imaginación y el arte.

Grupos de 21 a cargo de maestros mexicanos. Clases por la tarde de lunes a viernes de 3 a 7. Una hora de entrenamiento y luego 45 minutos de un taller creativo; otra hora de entrenamiento y 45 minutos más de otro taller. Al final media hora de lectura.

Los 10 talleres a la semana son diferentes. Artísticos: Piano, Dibujo y Pantomima. Manuales: Talla en madera y Cerámica. Verbales: Dicción y Oratoria. Académicos: Economía y Derecho. Y uno de billar cuyo objeto es partir de los principios técnicos de la carambola para comprender mejor los golpes con efecto. En la biblioteca, la literatura mexicana es mayoría; José Revueltas y Nellie Campobello obligatorios y por lo menos un poeta a la semana, como Salvador Díaz Mirón, Gilberto Owen, Carlos Pellicer o Pita Amor.

La primera hora de enseñanza futbolística está centrada en la repetición obsesiva. El niño solo contra una reja debe cumplir una rígida rutina. Series de tiros: a balón parado; bote pronto; aire; volea; rodilla y pie; cabeza y pie; inglesa y pie; rodilla, cabeza y pie; rodilla, cabeza, inglesa y pie; rodilla y bolea; cabeza y volea; inglesa y bolea, rodilla, cabeza y bolea; rodilla, cabeza, inglesa y bolea. Cada serie 26 veces con ambas piernas todos los días. Los ejercicios deben hacerse en continuo movimiento y cada que alguien sea sorprendido parado debe pagar con 26 lagartijas.

La segunda hora el grupo trabaja junto. Se proponen enigmas defensivos y ofensivos planteados de manera ajedrecística: las blancas (delanteros) dan mate (meten gol) en cuatro movimientos. Y los niños tienen que resolverlo. Están obligados a trazar una estrategia que deben variar sobre la marcha; ensayar distintas fórmulas, distribuir armónicamente sus ideas y entender sus cuerpos como elementos vivos de su imaginación, al servicio de un juego de dinámicas impensadas, ataque, plasticidad y riesgo.


TERCERA PARTE

1. Antonio comenzó a buscar financiamiento para iniciar su escuela hacia 1986. Se entrevistó con Cañedo, Azcárraga y los directivos del grupo Alfa. Tres puertas cerradas. Decidió comenzar por sus medios y dar clases a niños en el Club Asturiano de la colonia El Reloj. Mientras tanto siguió buscando. Azcárraga hijo, Billy Álvarez y a la gente de Bancomer. Otros tres rechazos. Claro, a ninguno le presentó el cuadro completo (no iba a arriesgarse a que se lo robaran), solo fragmentos para tantear el terreno.

En el Asturiano se convirtió en una celebridad. Por las mañana Antonio se veía con sus amigos para jugar voleibol con el pie y por las tardes entrenaba a niños. En el lapso entre estas actividades se sentaba en la cafetería a perfeccionar su ensayo. Cada día agregaba nuevos detalles y comenzó a añadirle números: gastos, costos, posibles sedes, opciones de patrocinadores, etc. Así vivió sus últimos 20 años.

De sólito cálido y ocurrente, se volvía soez y agresivo si a alguien se le ocurría alabar a Maradona; no le cabía en la cabeza que un ser humano pudiera admirar a un tramposo, “que alguien vea un engaño tan vil como meter gol con la mano, celebrarlo y ¡además estar orgulloso!”.

Siguió buscando empresario. Habló con el director de Inbursa en vano y pidió encuentros con Vergara y Miguel Ángel Mancera sin respuesta. De todas formas ya no le importaba demasiado. Aunque por momentos lo entristecía la certeza que sus ideas revolucionarían el futbol mexicano, se había resignado a ser el creador de una utopía.

2. Antonio murió hace un año (26 de julio) de un paro cardiaco. Tres semanas antes jugó su último partido de voleibol con el pie; a los 78 años. Era ambidiestro y disfrutaba (sus ojos azules se encendían con traviesa maldad) pegarle con efecto. Lo frustraba que su cabeza estuviera llena de ideas ingeniosas y fluidas pero su cuerpo, torpe, lento y viejo, fuese incapaz de ejecutarlas.

Poco antes de su muerte, le confió al cronista su ensayo. Son 117 cuartillas escritas a mano, con letra menuda, de trazo tan cuidado que por momentos parece escrita a máquina. Al final de los dos capítulos hay un breve epílogo:

“El futbolista se retira tras haber sido toda su vida una mercancía. Tiene 35 años y no sabe hablar, no sabe defenderse, no sabe argumentar y no sabe hacer nada más que patear una pelota pero ya está viejo para eso. Mi escuela enseña el oficio de futbol partiendo de la dignidad humana. El futbolista siempre va a perder su empleo en la plenitud de su vida y mi escuela está estructurada para pelear contra esa tragedia: enseñar a los futbolistas a hablar, a leer, a pensar por sí mismos, a defenderse, a venderse, a argumentar, a imaginar y a entender que hay un mundo mucho más interesante que patear un balón”.