Se marchó el sabio

El primer día de febrero, el autor intelectual de la mejor selección española de la historia dejó de existir, no sin antes dejar un legado lleno de títulos

Luis Aragonés
Luis Aragonés (EFE)

Ciudad de México

La ideología de Luis Aragonés lo persiguió hasta el último día de su vida. El ex estratega de la selección española y que en alguna ocasión también dirigiera al Atlético de Madrid, donde siempre fue idolatrado, era un ganador por naturaleza, y nunca hizo pública la enfermedad que lo aquejó durante la etapa final de su andar: una leucemia que poco a poco le fue restando ese ánimo con el que contagiaba a sus jugadores, que le inyectaba ganas de seguir viendo futbol cada fi n de semana, ya fuera en una grada o palco, o desde la comodidad de su hogar, donde los recuerdos tenían forma de reconocimientos y títulos. Murió a los 75 años, el 1 de febrero.

Como futbolista, Luis Aragonés cumplió con un papel protagonista en la Liga ibérica. Jugaba de interior, pero siempre tenía la vocación de ir al frente, por lo que en 360 encuentros, marcó más de 150 anotaciones. No fue un tipo de mucha técnica individual, pero, al igual que lo hizo como estratega, en el terreno de juego, el llamado Sabio de Hortaleza, antigua región de Madrid y donde nació, por enjundia y las ganas no quedó a deber.

"La pelota tiene música y hay que saber acompañarla bien en todo momento", decía en sus entrenamientos Luis Aragonés; el timonel reprimía a todo aquel que fuera maleducado con la redonda y exigía salir jugando desde la zona baja. Desde que comenzó su trayectoria en los banquillos (temporada 1974-75, con el Atleti), se distinguió por tener cuadros equilibrados y contundentes, pero fue en la recta

final de su carrera cuando el éxito le otorgó su mayor premio.

Aragonés sentía un profundo amor por la selección española, de la que vistió sus colores cuando jugador (más de 11 ocasiones) y a la que le otorgó las mayores conquistas en su historia. Con La Roja, el Sabio le hizo honor al mote y tomó las riendas de la selección en 2004, cuando España vivía un recambio generacional y necesitaba demostrar con un golpe de autoridad, que su calidad no conocía límites.

El momento cúspide se dio el 29 de junio de 2008, en Viena, contra la potente Alemania, y luego de que el conjunto español, de la mano de Aragonés, se instalara en la final de la Eurocopa, muy cerca de la gloría. En las semifinales de ese certamen, el equipo del Luis confirmó su calidad de favorito al imponerse a una Rusia llena de talento.

Con un solitario gol de Fernando Torres, aquella España conquistó Europa. Aragonés terminó en los

brazos de sus pupilos y su imagen quedó para la posteridad.