Elogio del Piojo

El Santo Oficio.

Miguel 'El Piojo' Herrera
Miguel 'El Piojo' Herrera (Reuters)

Ciudad de México

El cartujo es un misántropo, un aguafiestas, un impertinente. La derrota de la selección mexicana de futbol ante el equipo de Holanda no le provocó sino el hartazgo de una película vista una y otra vez a lo largo de los años; una película donde al final los sueños se desbarrancan en el abismo de la impotencia.

En fin, nada nuevo bajo el sol de Brasil. Excepto la presencia de Miguel El Piojo Herrera en la banca mexicana. Sus impulsos, sus reclamos, sus gestos llamaron la atención de todo el mundo; es vehemente y folclórico, combinación irresistible para los medios, ávidos de curiosidades y personajes esperpénticos. Es también, quién lo duda, un buen técnico y un admirable motivador, aunque en las entrevistas y ruedas de prensa enseña el código postal y la falta de autocrítica, lo cual no deja de ser lamentable.

La selección mexicana perdió en el cuarto partido, como ha sucedido desde hace 20 años. Pero esta vez los jugadores y el técnico han recibido trato de héroes y la quema de incienso amenaza con elevar los niveles de contaminación en la Ciudad de México. No es para tanto, piensa el insufrible monje, sin dejar de reconocer el trabajo de Herrera: supo rescatar un equipo de la maldición del tedio y la ineficacia para volverlo alegre y por momentos efectivo. No es poco pero tampoco la desmesura pregonada por los apólogos de siempre, reforzados con entusiastas de última hora.

El futbol ha apartado al trapense de sus deberes, no se arrepiente del todo. Ha visto partidos emocionantes, jugadas de fantasía, goles extraordinarios, atajadas increíbles… y al Piojo Herrera, quizá el espectáculo más divertido en la transmisión de este Mundial, en la cual lo más patético ha sido la barra “cómica” de Televisa, en especial los siniestros Facundo y El Compayito, sin duda los modelos más acabados de vulgaridad y estupidez en la televisión mexicana.

En un texto publicado en el suplemento Laberinto, el escritor Santiago Gamboa habla de cómo el futbol logró el milagro de unir a Colombia, dividido por la política y los intereses económicos del ex presidente Álvaro Uribe. “Que el futbol haya logrado coser la herida abierta por Uribe y sus secuaces me hace pensar que en un país conflictivo y a la vez fascinante como éste, tan huérfano de alegría, los goles reconcilian más que las palabras”, dice el autor de Plegarias nocturnas.

En Bélgica se repite el prodigio. Es una nación segmentada por la economía, la política, la cultura y la lengua (en el sur se habla francés y en el norte neerlandés). Nada la liga: ni el rey, ni el himno, ni la bandera, ni el escudo, solo el futbol.

En México, la inmensa mayoría —el amanuense estuvo entre los poquísimos escépticos— siguió con devoción rayana en el fanatismo las aventuras del Piojo Herrera y sus muchachos, fue un respiro en medio de tantos problemas. Pero todo ha terminado y la vida sigue… snif, snif, snif.

Queridos cinco lectores, rezando bajo la lluvia, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén