El día de Willie

El viaje Natal- Recife-Natal

Como les había comentado, este sábado estuve en Recife en el partido de Japón-Costa de Marfil.

Llegamos a las 4 de la tarde; la entrada a la ciudad es muy complicada, antes de llegar pasas por dos pueblos: Paulista y Olinda. La carretera está en muy malas condiciones: baches y nulas indicaciones, los letreros que te guían casi no se ven, están despintados; la vista de ambos pueblos es muy triste, huele a pobreza.

Al llegar a Recife, acerqué el auto a unas señoras que estaban en una esquina; la más morenita estaba embarazada, le pregunté cómo llegar a la Arena Pernambuco, llamó a alguien más; un tipo de 1.60 de estatura, gorra y con un aspecto desalineado que me empezó a explicar; no le entendía mucho, ya que parecía estar alcoholizado, pero no era así, tenía una botella de plástico en la mano derecha con resistol amarillo, y en el pico de la botella tenía una especie de bolsa que servía de filtro para el consumo del químico. Mi camarógrafo se asustó y me pidió que pusiera el auto en marcha. Arrancamos y encontramos la avenida principal.

Al llegar al centro de la ciudad vimos un lugar sucio, descuidado y sin vida de Mundial. Comimos en un McDonalds y de ahí fuimos al estadio. La Arena Pernambuco está 35 minutos fuera de la ciudad. La misma historia, calles en malas condiciones y tráfico agobiante. Cuando arribamos fue increíble lo que vimos: un monumento de arquitectura, un estadio de locura, de grandes proporciones que se distingue entre la pobreza de sus alrededores y la opulencia de su construcción.

Tras un par de enlaces a Multimedios decidí entrar. No había indicaciones del acceso a prensa, así que tuve que rodear todo el inmueble. Necesitas 10 o 15 minutos para contemplar el estadio y hacerte la pregunta que millones de brasileños se hacen: ¿cómo es posible que con tantas carencias que tiene este país, hayan gastado 500 millones de dólares en un estadio en medio de la nada? Es en serio, apenas se divisa una comunidad de agricultores o yo qué sé.

Vi el juego. Todo normal. En el camino de vuelta nos encontramos con una ciudad como la mayoría en América Latina, con algo de prostitución en las calles. Al ver a dos mujeres de cerca, nos dimos cuenta que eran travestis o transexuales que viven de eso. Llegamos al hotel Vila Rica, ubicado enfrente de la playa. No había nada de comer y ya eran las 2:15 de la madrugada.

Caminamos tres cuadras largas, pasamos dos semáforos y llegamos a Giro, un restaurante en una esquina. Salimos de ahí a las 3 de la mañana, y nos fuimos a dormir. Nos levantamos a las 8:15, a trabajar. Entramos en vivo a Rumbo a la Corona y guardamos todo; encendí el auto y emprendimos la vuelta a Natal. No hacía menos de 24 horas que habíamos viajado 6 horas para llegar a Recife y teníamos que volver a Natal.

Hicimos 4 horas en la vuelta. Nos paramos en la carretera, hice un reportaje sobre frutas exóticas para Futbol al Día y grabamos dos cápsulas con unos motociclistas. Llegamos al segundo tiempo del Francia-Honduras a nuestro punto de reunión, el restaurante Mercatto de Natal, tiene Wi-Fi y los meseros ya nos conocen. Es un buffet de buena comida. Tiene dos televisores, ahí vimos el tercer gol de Francia.

Aquí estoy, viendo la previa de Argentina, esperando que Mercatto cierre a las 22:00 para de aquí irme al aeropuerto, ya que mi vuelo sale a las 12:39 de la noche rumbo a Fortaleza.

Mi camarógrafo, Manaure, casi no habla conmigo; él edita y envía material casi todo el día. Nuestra rutina es dormir 4 a 5 horas diarias y manejar, volar, hacer cápsulas, ir a conferencias de prensa, editar el material, enviarlo.

Así llevamos 5 días. Y faltan 32 para volver casa. El WhatsApp me hace estar cerca de Monterrey. El Twitter casi no lo uso, no hay tiempo; quisiera contestar todos sus mensajes, pero no puedo, el tiempo se nos va como agua entre las manos.

Abrazo. 

 

guillermo.gonzalez@milenio.com

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