Deporte al portador

Violencia en México, ¿violencia en los estadios?

Cada que toca, algunos aficionados que acuden a un estadio se comportan como verdaderos trogloditas. No van, como los demás, a disfrutar simplemente un partido de futbol ni a apoyar a su equipo con meros cánticos u ovaciones. No, buscan camorra. Quieren dar rienda suelta a la rabia que traen dentro. Llevan un oscuro rencor, ese atávico impulso violento de los machos primitivos que el proceso civilizatorio no ha terminado todavía de mitigar.

La única manera de neutralizar a esos salvajes es a punta de castigos: el individuo bárbaro debe saber que habrá consecuencias si saca a la bestia que habita sus entrañas; una multa o, llegado el caso de que sus fechorías alcancen niveles de inaceptable gravedad, hasta una pena de prisión, por no hablar de la prohibición de por vida de volver a poner un pie en las gradas del estadio.

Pero ¿no somos acaso una sociedad marcada por la impunidad? ¿No se perpetran espantosos crímenes y no tenemos una siniestra cuota diaria de cadáveres sin que sepamos jamás quiénes fueron los asesinos? De hecho, es casi asombroso que no ocurran más delitos en este país siendo que los delincuentes saben que nunca van a terminar en manos de la justicia. Entonces, ¿por qué habrían de ser las cosas diferentes en los estadios?

Lo que vimos en Veracruz, la jornada pasada, fue otra estremecedora exhibición del salvajismo de los humanos. Que esto ocurra en un encuentro de futbol —o sea, una ocasión festiva en la que dos equipos se enfrentan amistosamente y sin rudezas innecesarias, más allá de las baladronadas y fanfarronerías de jugadores y directores técnicos— al que acuden familias, niños ilusionados por ver a sus ídolos y pacíficos seguidores, es algo que resulta totalmente inaceptable bajo cualquier criterio. ¿Qué quieren, los señores organizadores de la Liga MX y los señores dueños? ¿No les preocupa el tema? ¿Desean ahuyentar al público habitual y que nada más asistan sujetos bestiales a los partidos? ¿Las “barras bravas” —o como se llamen— son tan importantes e indispensables para un equipo como para que no se tomen medidas de control? ¿Es simple dejadez? ¿Hay un nivel de preocupante desidia organizativa en algunas plazas?

La mentada Comisión Disciplinaria de Doña Federación deberá de tomar la decisión, mañana, de aplicar una sanción ejemplar al estadio de los Tiburones Rojos. Se afectarán intereses económicos, desde luego. Pero, si lo piensas, el riesgo global para el negocio es mucho mayor si la violencia se generaliza en los estadios. A ver si se enteran y si actúan en consecuencia. 

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