Deporte al portador

La triste historia de Javier Aguirre

Uno, cuando va al estadio o se apoltrona delante del televisor para disfrutar un partido de futbol, no imagina siquiera que el jugador que está ahí, en la cancha, trae un plan oscuro, que no está desempeñando noblemente sus cometidos y que está fingiendo, miren ustedes, ineptitudes siendo que nosotros, los humanos, queremos siempre exhibir, por el contrario, habilidades y destrezas.

Pues bien, hay encuentros amañados y futbolistas que, como los grandes traidores de todos los tiempos, reniegan vilmente de su camiseta a cambio de la paga que les ofrece el equipo contrario. Sabemos —por las películas, las novelas de suspenso o las historias que nos han contado— de los agentes dobles, de esos espías que trabajan secretamente para el enemigo y que entregan los planes de una invasión o una detallada lista con los nombres de los agentes, sus compañeros directos, que trabajan en los servicios de inteligencia de su país. Estas deslealtades se pagan con penas de muerte —o meras ejecuciones sumarias— y, en el mejor de los casos, con sentencias de prisión perpetua. No son tan drásticas las cosas en el mundo del balompié pero, por lo pronto, la Fiscalía Especial contra la Corrupción y la Criminalidad Organizada del Reino de España va a proceder contra 42 imputados por el supuesto arreglo del partido Levante-Zaragoza en el que, gracias a la posible colaboración de los jugadores del equipo valenciano, los llamados maños (aragoneses, o sea) se salvaron de bajar a la segunda división.

A Aguirre y a otros jugadores les habrían depositado miles de euros en sus cuentas que luego habrían sido retirados para que terceras personas se los dieran directamente, en efectivo, a los futbolistas del Levante. No sabemos, todavía, cómo estuvo el esquema y falta enterarnos de cuánto recibió cada uno, y de qué manera. Ignoramos, también, por qué Aguirre aceptó que tuviera lugar la transferencia. Podemos entender que estuviera de acuerdo —digamos, a medias— si quien le pidió el favor fue su jefe directo, el presidente del equipo. Y eso, sin saber con qué propósito habría de utilizarse el dinero. Hasta ahí la realidad de los hechos, a falta de que las averiguaciones revelen más detalles.

Es un momento triste para un hombre que, así lo esperamos, merece salir con la frente en alto de esta situación. Ya lo sabremos.

revueltas@mac.com