Deporte al portador

Una subespecie única: el “jugador mexicano”

Siguen las polémicas, controversias y debates que se desataron en cuanto doña Federación Mexicana de Futbol diera a conocer el nombre del nuevo director técnico de la Suprema Selección Nacional de Patabola de Estados Unidos (Mexicanos). Y vaya que don Juan Carlos (Osorio) ha sido educado, paciente y amable con los medios — los primerísimos en satanizar y condenar a cualquier individuo que llegue a ocupar un cargo de una mínima visibilidad pública— y vaya que lo va a tener difícil el hombre, a pesar de su cortesía y su facilidad de palabra.

Se le ha reprochado, justamente, que hable bien y con claridad. Porque, miren ustedes, resultaría que nos quiere engatusar con su verbo, que nos vendería un discurso mareador y que pretendería deslumbrarnos con cuentas de vidrio. Pero, entonces, ¿qué queremos? ¿Preferimos la tosca zafiedad de un Piojo altanero, las explosivas majaderías de Tomás Boy (me cae muy bien el tipo, a pesar de todo) o las embarazosas salidas de tono de todos esos personajes de corte barriobajero que pueblan habitualmente los ámbitos del futbol?

Creo que el señor Osorio, más allá de que haya celebrado voluntariamente un contrato de servicios profesionales con sus nuevos empleadores, no sabe en la que se metió. Se enfrenta, por lo pronto, a la natural hostilidad de quienes reclaman airadamente la incontestable, absoluta y categórica singularidad de un "jugador mexicano" que necesitaría, justamente porque no se parece a ninguno otro de los que habitan este planeta, apapachos, mimos, tratos exquisitos, cuidados extremos, motivaciones extraordinarias y delicadezas excepcionales porque, de otra manera, el bebito malcriado no puede ofrecer buenos resultados en una cancha, qué caray.

Y, bueno, Osorio ha mostrado que sabe tratar a la gente y que aguanta mansamente las preguntas de todos los entrevistadores, por más necias y repetitivas que puedan ser (no le vino a la cabeza soltar que ya estaba "cansado", como nuestro antiguo Fiscal de la nación pero, hay que decirlo, no llevaba tampoco 36 horas sin dormir como le ocurrió a don Jesús Murillo cuando enfrentó a los persecutorios periodistas).

El problema es que no basta. Necesita de otras dotes y capacidades. Su condición de estratega insistente y trabajador obsesivo no servirá, según parece, para sacar lo mejor de los pupilos a quienes deberá atender.

Pensándolo bien, creo que no ha nacido todavía el individuo que pueda conducir a un grupo de futbolistas tan únicos y especiales. Pero, el día que se aparezca por ahí, si es que ocurre, la prensa deportiva tampoco se va a enterar.


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