Deporte al portador

¿Qué tanto podemos ilusionarnos con el Tri?

El Mundial, en mi muy inoportuna e inconveniente visión de las cosas, deberíamos de mirarlo en la tele nada más durante los partidos y sanseacabó. Todo lo demás —esas insufribles trasmisiones televisivas plagadas de sketches idiotas, chistoretes insulsos y sensiblero patrioterismo— deberíamos de ignorarlo tan olímpica como radicalmente. Pero, ah, esto, lo de la participación de nuestra Suprema Selección Nacional de Patabola en una competición tan importantísima y trascendente, es un colosal negocio. Si no fuéramos espectadores consintientes, el show se acabaría y los dineros dejarían de entrar en la caja registradora. No puede ocurrir algo así.

Por favor, gentiles lectores, no vayan ustedes a creer que soy un anticapitalista resentido ni tampoco a suponerme todavía mucho más amargado de lo que ya estoy. Por el contrario, soy totalmente pro-negocios, desaforadamente (neo)liberal, descaradamente derechista (en el tema económico porque en lo otro, en el tema de los usos y costumbres, aspiro a ser de ideas progresistas) e irremediablemente adicto al libre mercado.

Pero lo que exaspera, con perdón, es la ofensiva imbecilidad de todo esto, lo desmedido y excesivo que es. Digo, ya basta de esas glorificaciones lacrimosas y ya estuvo bueno de tanta cursilería. Porque, ya nos tienen hasta la coronilla —a una parte de nosotros, que espero no sea irremediablemente minoritaria sino una porción creciente de gente que no se traga, así nada más, tanta chabacanería— de la abusiva explotación (sobreexplotación, mejor dicho) comercial de un grupo de muchachos (y su señor entrenador) que, en la cancha, no habrán de hacer más de lo que pueden hacer. Es decir, son lo que son y punto. No son Italia ni Argentina ni Alemania ni Francia ni Brasil. Nunca, en todas esas 14 participaciones nuestras en los Mundiales, hemos logrado llegar al maldito quinto partido.

Ahora bien, como una aspiración colectiva, lo de desear ser campeones del mundo es perfectamente entendible, aparte de legítimo. Lo que pasa es que ya no sabemos dónde comienzan nuestras ilusiones de simples aficionados, y esos anhelos de afirmarnos como nación ante el universo entero, y dónde terminan los intereses de los mercaderes. Lo que sí tenemos bien claro es que el tema se ha llevado tan lejos que lo de hoy día es simplemente indigerible. Intragable. Pues eso.

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