Deporte al portador

Otra vez, la maldición del penalti

Iba a ser una auténtica pesadilla para el Madrid. Jamás, en su historia, había caído en casa luego de propinarle una goleada a un adversario europeo. Y, pues no, vaya que no estamos hablando del Paris Saint-Germain, ese equipo de cierto relumbrón que busca ahora, a punta de petrodólares generados en el Medio Oriente, hacerse un lugar entre los grandes y que, llegada la hora de la verdad, no tuvo los tamaños para conservar un resultado, contra el mismísimo Barça, que parecía irreversible.

No. El Madrid es el Madrid: gran peso pesado de Europa: 15 finales jugadas desde 1956, doce títulos y tres subtítulos. ¿Quién le llega siquiera a los talones? El Milan, su más inmediato perseguidor, tiene siete trofeos y le siguen tres equipos, Bayern, Barcelona y Liverpool, con cinco cada uno.

Ah, pero tuvimos, en el partido de vuelta, a una Juventus (dos Champions, por cierto) que nunca dejó de creer en sí misma siendo que el desenlace parecía ya sentenciado desde el partido de ida, al igual que en el antedicho enfrentamiento entre el PSG y los culés. Y a punto estuvieron los turineses de hacer la hombrada: se van ambos equipos a los tiempos adicionales y ya no sabes qué hubiera pasado, por no hablar de la lotería de los penaltis.

Pero, no. No ocurrió la hecatombe futbolística porque un joven árbitro inglés, de 33 añitos de edad, exhibió los arrestos suficientes para pitar un penalti en los últimos instantes del partido regular. Sí, miren ustedes, no le tembló el silbato a la hora de condenar a una Juve tan enjundiosa como eficaz.

Y fue porque Lucas Vázquez, que iba a anotar el gol de su vida, perdió el equilibrio por un empellón de Benatia. El debate seguirá por generaciones enteras: ¿qué tanto te tienen que empujar para que te caigas? ¿Poco? ¿Mucho? Si te sueltan un codazo criminal y no ruedas por los suelos ¿deben marcar la pena máxima de todas maneras? Si te soplan y te desplomas como una señorita sensible y delicada del siglo XIX (me cuido de parecer sexista en mis ejemplificaciones, oigan: no ilustré el caso con mujeres de hoy —perfectamente atléticas— sino que me remonté a épocas debidamente distintas), ¿entonces no sólo no es penalti sino que mereces una tarjeta por impostor?

Esto no se resuelve ni repitiendo mil veces, en cámara lenta, las imágenes de la jugada. Tal es la magia (negra) del futbol, señoras y señores.

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