Deporte al portador

¿Tan malo es nuestro equipo ‘B’?

Luces y sombras para nosotros, esos aficionados que, semana a semana, seguimos fielmente los aconteceres futbolísticos ahí donde puedan tener lugar, ya sea en esos estadios canadienses en los que se juega el Mundial femenino o en ese extremo sur del continente americano que recibe a los participantes de la afamada y prestigiosa Copa América. Y todo esto, en espera de que comience una Copa de Oro que nos puede otorgar, a los mexicanos, el pase a la otra gran competición, la Copa Confederaciones, y que, por ello mismo, merece la participación, y previa selección natural, de los más capaces y respondones de los futbolistas del Tri.

Justamente, a Chile vamos de comparsas, con un tal equipo B que, vistos sus tristes desempeños, tendría que haber recibido una evaluación mucho más baja (sin llegar, tampoco, a las últimas letras del abecedario). Es cierto que el juego que suelen exhibir las selecciones nacionales es siempre mucho menos solvente que el que muestran, digamos, un Barça o un Madrid en sus ligas locales, y que no se puede tampoco comparar a las prodigiosas demostraciones futbolísticas que nos ofrecen los equipos en la Champions League. Y es también entendible que un grupo constituido por jugadores recién desembarcados, procedentes de las más variadas proveniencias, no puede tener el nivel de los conjuntos que trabajan todos los días bajo la dirección de un entrenador que supervisa escrupulosamente sus cumplimientos. Pero, por favor, ¿tan mala e inoperante tiene que ser esa Selección Nacional que participa en la Copa América?

Aunque, miren ustedes, no recuerdo casi un partido tan infame como el último que jugaron Tigres y Emelec en la Copa Libertadores. A lo mejor mi apreciación es desaforadamente subjetiva porque, entre quienes miraron el encuentro, prácticamente nadie me secunda en esta lapidario dictamen pero si miras una final de la Copa del Rey, y si luego te solazas con el encuentro de la Juve y el Barcelona en Berlín, te das cuenta de que este negocio es pavorosamente desigual.

Dos mundos. Dos universos que no se tocan. Dos niveles fundamentalmente diferentes. De un lado, futbolistas que no sólo carecen de la habilidad de siquiera completar un pase sino que no saben dónde colocar el balón y, del otro, magos que anticipan las jugadas, que participan en un exquisito mecanismo de relojería y que, además, brindan un gran espectáculo. Pero, sigamos siendo pacientes. Ayer, Paraguay nos ofreció un partidazo. Gracias...

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