Deporte al portador

La lluvia lo decidió todo

Quería yo, con el perdón de lo seguidores americanistas, que el equipo liderado por Antonio Mohamed ganara el partido celebrado anoche en Monterrey. Hubiera sido, para mí, una suerte de acto de justicia terrenal —aunque con una posible intervención divina pero no hay manera de saber, a estas alturas, cuáles son las preferencias futbolísticas del Altísimo, sobre todo que la Liga MX, más allá de la omnisciencia y omnipresencia del Ser Supremo, no ha de figurar entre las cosas que más le llaman la atención— pero, miren ustedes, intervino groseramente la Madre Naturaleza y, en cosa de 15 minutos, echó a perder un encuentro de futbol bastante bueno aunque algo trabado.

En fin, lo de la justicia lo digo porque el señor Mohamed llevó a las Águilas a que conquistaran su último título y la manera en que fue despedido del club de Coapa, luego de consumar este logro y de responder tan cabalmente al compromiso para cuyo cumplimiento fue contratado, me pareció muy inelegante, por decirlo de alguna manera.

Y, hay algo más. Después de todo, parece ser que a Mohamed se le reprochan ciertas indisciplinas y que se tomara algunas libertades. Pues bien, si esta es la causa de que ya no sea el entrenador del América entonces el asunto es serio y es grave. Porque, señoras y señores, sacrificar el rendimiento, ignorar los resultados y desentenderse del éxito para satisfacer la cultura de la obediencia me parece una auténtica aberración. Pero, por desgracia, es algo muy mexicano, es parte de nuestra manera de ser en una sociedad donde lo importante, para los jefes, no son los logros —consumados, muchas veces, por individuos que, justamente por tener talentos especiales y capacidades extraordinarias, son un tanto rebeldes, o caprichosos o demasiado individualistas—, no importan los logros, repito, sino la facultad de poder decir, en todo momento, “aquí mando yo”.

Ayer, el técnico de Rayados se enfrentaba a su antiguo equipo y el interés del encuentro era supremo. Pero, no pudo saborear las dulces mieles de la venganza ni deleitarse en la revancha. América, después de todo, jugó muy bien. Matosas parece haber encontrado ya el ritmo y la clave del funcionamiento. Y, en este sentido, también se hizo justicia porque el hombre, hasta hace poco, atravesaba una situación verdaderamente agobiante. Al final, sin embargo, la lluvia deshizo el futbol. A lo mejor fue mejor así.

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