Deporte al portador

Ya le toca a Chivas, oigan

Un equipo de mexicanos, siendo que la gran mayoría de los clubes de la Liga MX se fortalecen con jugadores venidos del exterior; un equipo que representa a un estado, Jalisco, que es tal vez el más representativo de los rasgos que encarnan la esencia nacional: el mariachi, el tequila, la cocina, el traje de charro, las artesanías…; un  equipo afincado en la segunda ciudad más importante de todo el territorio, esa hermosa Guadalajara de antigua prosapia; un equipo, finalmente, que tiene un pasado futbolístico muy importante y que pertenece sin duda alguna a la estirpe de los grandes.

Todo esto es Chivas, señoras y señores. Y, bueno, el Guadalajara está ahora dirigido por quien es muy probablemente el mejor director técnico del futbol mexicano. ¿No debieran ser campeones, esos tapatíos que no han conocido grandes notoriedades en los últimos tiempos y que merecerían ya, aquí y ahora, un trozo de las glorias pasadas?

Lo critican mucho, a Jorge Vergara, por esto o por lo otro: que se mete mucho en las cuestiones internas del club, que decide hasta las alineaciones, que interviene en los fichajes… Antes, la mala era su mujer, demasiado entrometida también en cuestiones que no le competían y que le resultaban totalmente ajenas en su condición de mera aficionada al balompié. Pero, bueno, ella ya se fue y, en todo caso, ahora tenemos a un equipo totalmente plantado en la final contra unos Tigres que, decían, les iba a pasar por encima gracias a las mañas del Tuca y a la calidad de su plantilla.

Pues, no: quienes se mostraron respondones fueron los del Guadalajara hasta dejar casi sentenciada esta gran cita consagratoria del nuestro futbol. Ocurrió, sin embargo, que se apareció un francés de decidida querencia mexicana (el hombre, según parece, desea quedarse afincado en estos pagos por el resto de su vida profesional o, a lo mejor, perpetuarse en el terruño regio hasta el fin de sus días) y, a punta de talento y enjundia, marcó dos goles que, de último minuto, le dieron un necesarísimo balón de oxígeno a esos Tigres tan universalmente encumbrados.

Pero, digo, mis Chivitas habrán de poner las cosas en su lugar, hoy, en un estadio Chivas que todos los aficionados de este país tendrían que conocer para darle su lugar a un señor Vergara que, miren ustedes, ahí está y ahí sigue, afrontando críticas (hasta las de este escribidor) y desafiando los pronósticos.

¡Vamos, Chivas! 

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