Deporte al portador

¿Hubo un castigo para el engreído?

Debo entregar esta columna antes de los trepidantes desenlaces de una jornada deportiva en la que se definen varios resultados: el descenso a esa división de Ascenso de la que casi nadie puede volver a ascender, la disputa de un lugar en la Liguilla luego del aplastante triunfo de Tigres UANL sobre el Querétaro, el campeonato de goleo individual y el título oficioso de mejor boxeador mexicano del momento, competido por dos boxeadores que, con perdón, no parecen tener los tamaños de las antiguas figuras legendarias de la segunda potencia pugilística mundial.

Ya he dedicado varios artículos al tema de esa famosa tabla porcentual diseñada, con toda alevosía, para que los equipos “grandes” no pierdan nunca su cacareada grandeza, o sea, para que la caja registradora nunca deje de acumular las consabidas ganancias. Digo, no es lo mismo pisar la cancha de un estadio Azteca que chapotear malamente en unos campos de juego frecuentados apenas por un puñado de espectadores, sin cobertura televisiva y sin mayor gloria.

Luego entonces, ¿es malo el que el balompié mexicano sea un jugosísimo negocio? Para nada, señoras y señores. Debemos aplaudir, en estos pagos, la organización de unos torneos futbolísticos muy profesionales y competitivos. Pero, digo, no hay que exagerar. La economía nacional es ya lo suficientemente monopólica —dos grandes cerveceras, dos cadenas de televisión, una aerolínea casi hegemónica, dos poderosísimas embotelladoras, etcétera, etcétera— como para que en el más popular de los deportes avasallen también los equipos más pujantes (aunque, hay que decirlo, casi una docena de clubes diferentes se hayan repartido los últimos títulos).

Lo de la liguilla, en fin, es una muy entretenida lotería en la que, hasta el momento de garrapatear estas líneas, las probabilidades de que se metiera el Pachuca seguían existiendo pero eran mínimas en comparación a las del América de mi muy admirado La Volpe.

Y, bueno, nos queda el asunto del mentado Canelo y su rival, Julio César Jr. El de Jalisco ha perdido el piso, como se dice coloquialmente, y cacarea sus logros como si no existiera en el universo entero otro boxeador de su categoría: se ha vuelto desaforadamente petulante y engreído. El otro lleva sobre los hombros el peso de un padre que, ahí sí, es un figurón del boxeo de todos los tiempos. Por merecimientos boxísticos, Saúl Álvarez debería tal vez llevarse la pelea contra un Julio César que, las más de las veces, ha exhibido una extrañísima pasividad en sus combates. Pero, si la justicia divina castiga el engreimiento, entonces la victoria le habrá tocado a Chávez. Pues eso. 

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