Deporte al portador

Cruz Azul: ¿qué tanto puede durar el mito de que es un “grande”?

La derrota del América en el último minuto de la gran final del pasado torneo Apertura fue algo totalmente circunstancial. El futbol no sólo es un asunto de habilidades y desempeños en la cancha sino que hay que tomar en cuenta otro factor: la suerte.

Naturalmente, triunfan habitualmente los grandes equipos y, en este sentido, la hegemonía del Real Madrid y del Barça en la Liga española viene siendo algo así como la comprobación científica de que el nivel de los jugadores sí resulta determinante en los resultados. En este sentido, no se compara la plantilla de los culés, plagada de estrellas, con la de un Paris Saint-Germain en el que sus máximos exponentes ofensivos serían Cavani y, digamos, Di María (un tipo, en mi opinión, que hubiera debido seguir con los merengues pero que no resistió las embestidas de una directiva para la cual el glamour y la mercadotecnia importan casi tanto como lo futbolístico). Del otro lado, en oposición a los nombres de los que pudieren pavonearse los dueños de los parisinos en Qatar, tenemos a Messi, a Neymar y a Luis Suárez, entre otros portentos.

A diferencia del América, sin embargo, el colosal fracaso del PSG en la más importante y deslumbrante competición futbolística del orbe alcanzó la dimensión de una auténtica tragedia deportiva, algo que quedará para siempre en la memoria de jugadores y aficionados: prácticamente nunca habíamos visto parecido desperdicio de oportunidades en la historia de la Champions League.

En este sentido, no puedo menos que comparar a un Cruz Azul que solía ser un protagonista en la Liga MX —se colaba por lo general a la liguilla y alcanzaba finales— con ese club incomprensiblemente deslavado, apático, conformista e inoperante que vemos ahora.

Perder una final puede parecer una maldición. Y, en todo caso, siempre te quedará la excusa de que la suerte no te favoreció. Lo repito, en el antedicho enfrentamiento entre Tigres y Águilas cualquiera hubiera podido ganar. Pero, que los cementeros estén exhibiendo tan pobre nivel a la mitad del torneo, eso no merece explicación alguna.

¿Es el director técnico? ¿Son los jugadores? ¿Es la directiva? Vaya usted a saber. A lo mejor es otra la realidad: a ese equipo ya no le va el título de “grande” del futbol mexicano. Así de simple. Y así de duro para sus seguidores. 

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