Deporte al portador

¿El imperio de los árbitros?

Muy mansitos, por lo que parece, los jugadores de la Liga MX, luego del manotazo en la mesa dado por los señores árbitros. Comenzaron a comportarse, oigan ustedes, y a refrenar sus impulsos de machos desafiantes sobrecargados de testosterona. El temor de Dios, señoras y señores. O, bueno, el colosal espanto que te puede provocar la posibilidad de un castigo terrenal tan descomunalmente severo como una suspensión de 365 días naturales durante los cuales no puedes ni acercarte al banco de los suplentes en un estadio. ¡Ay, mamá!

Según algunos observadores de la realidad real, hacía falta una revolución en nuestro futbol para que las cosas comenzaran a cambiar y para que se volviera a validar el respeto que merecen los supremos representantes de la autoridad en el terreno de juego. Digo, la decadencia de los usos y costumbres había alcanzado unas cotas inaceptables y todo estaba ya tan descompuesto que los patrones de los clubes se creían que sus estrellas podían andar de matones sin saldar cuentas, amparados por la suprema ley de la caja registradora.

Pues, no. Ya no fue así. Esos sujetos tan universalmente detestados, tan impopulares y tan antipáticos (antiguamente vestían de negro pero algún modisto a sueldo decidió mitigar lo siniestro de su atuendo) se unieron como un solo hombre y, hermanados por una causa común, no sólo se atrevieron a dejar a la nación mexicana sin futbol durante un larguísimo y aburridísimo fin de semana sino que provocaron unas colosales pérdidas (algún economista bien advertido las habrá de calcular en su momento: ingresos no recibidos por la inasistencia a los estadios, publicidades no vendidas en la tele, bebidas no consumidas en los bares frecuentados por incurables forofos, papitas fritas y botanas no ingurgitadas por los compadres apoltronados delante del televisor, en fin, una catástrofe comercial que de seguro va a tener un fuerte impacto en los magros índices de crecimiento económico de este país).

Y todo, por la imprevista y súbita acción de unos árbitros unidos, repentinamente, por un inquebrantable espíritu gremial. Ellos solos pusieron en jaque a toda una industria. Naturalmente, ahora les toca hacer bien su trabajo. Vamos a ver si encarnan cabalmente a la autoridad en vez de ser, como tantas otras veces, odiosos emisarios de la injusticia.

revueltas@mac.com