Deporte al portador

Las lágrimas del ‘Chicharito’

A los futbolistas, así como son de arrebatados e impulsivos, hay que entenderlos: necesitan, a diferencia de quienes nos desempeñamos en ámbitos menos competitivos, de una personalidad agresiva para imponerse a sus contrincantes. Su negocio es el enfrentamiento constante y hasta en un partido interescuadras, jugado con los compañeros del equipo, suelen desplegar pujanzas que, a primera vista, parecerían innecesarias. Son también sujetos protagónicos, sobre todo los que se mueven cerca del área rival, y por eso mismo escenifican, muchas veces, arrogancias y desplantes que a la mayoría de los comunes mortales no les serían tan fácilmente perdonados. Ahí están, para mayores señas, la recientes salidas de tono de Ibrahimovich y ahí han estado, desde que se apareció en las canchas, los bufidos de un Maradona que, a su ego desmesurado, siempre hubo que añadirle la porción suplementaria de un victimismo tan ridículo como altanero.

Pero, a ver, también militan, en ese mismo futbol incuestionablemente rudo y bruto, caballeros elegantes, personajes mesurados que, encima, se saben comportar en casi todas las ocasiones. Pienso, en oposición al impresentable de Maradona, en Pelé. Me viene también a la mente la figura de un Raúl que, en el Madrid, solventó sus actuaciones con indiscutible distinción. Y, miren ustedes, en está categoría de futbolistas de ejemplar comportamiento estaría, ni más ni menos, que Javier Chicharito Hernández. Imaginen, simplemente, en lo duro que debe ser, para cualquier individuo, afrontar la circunstancia de no figurar entre los elegidos del jefe de turno y tener, por el contrario, que permanecer en la sombra, condenado a la inacción y el anonimato. Pues, eso es precisamente lo que ha vivido el Chicharito quien, de manera constante, ha debido permanecer en el banco de suplentes por decisión el director técnico del equipo más prestigioso del mundo, jugando apenas unos minutos mientras que los otros delanteros exhibían sus poderes semana tras semana.

Y, ¿qué ha dicho, qué ha hecho el muchacho? Ha estado ahí, señoras y señores, manteniendo el tipo, discreto, digno y disciplinado. Y ahora, cuando por las vicisitudes del equipo —o sea, las lesiones de sus competidores directos— ha podido estar en la cancha, el chaval ha cumplido con creces. Eso sí, tras anotar un gol decisivo, sus ojos se han llenado de lágrimas. Eso ha sido todo. Mis respetos, señor. 

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