Deporte al portador

Tres goles no son poca cosa…

¿Ganamos el primer partido clasificatorio para el próximo Mundial por tres goles de diferencia, sin ningún tanto en contra, y resulta que no estamos contentos? Caramba...

Pero, entonces, ¿qué esperábamos? O, mejor dicho, ¿a quiénes pensábamos que teníamos enfrente? ¿A unos perfectos inútiles? ¿A unos futbolistas totalmente incapaces?

Los salvadoreños, con perdón, vinieron a competir y, hasta donde yo entiendo las cosas, todos los jugadores de todos los equipos del mundo saltan a la cancha para ganar, señoras y señores. Luego entonces, ellos hubieran deseado, con todo su corazón, alcanzar el resultado que nosotros tuvimos, ese 3-0 que nos hace comenzar con el pie derecho la competición. Y, por favor, recordemos que, en tiempos muy recientes, por poco que se nos aparecieran enfrente Trinidad y Tobago o Jamaica, nos descomponíamos como si fuéramos —nosotros, los que alguna vez alardeábamos de ser los mentados "gigantes" de la región— los menos capacitados de la Concacaf.

Naturalmente, el timón lo llevaba un Chepo vagamente colérico —o, digamos, un tanto malhumorado— y, posteriormente, un Piojo (nunca hemos sido nada deficitarios en el tema de colgar apodos) tan majadero como impulsivo, mientras que en estos momentos la nave es conducida por un señor irremediablemente colombiano pero de exquisito trato y distinguidas maneras. Lo cual, por cierto, se agradece porque, por más barriobajero que pueda ser el futbol en sus orígenes, la Suprema Selección Nacional de Patabola y todos sus integrantes, desde el utilero hasta el capitán del barco, representan a un país que bastante mala reputación tiene ya de por sí en el ancho mundo.

En fin, el problema de México sigue siendo la contundencia y ese podrá ser un auténtico mal mayor cuando enfrentemos a los equipos verdaderamente grandes del planeta: los poderosos no necesitan aparecerse a cada rato en el área rival; cuando llegan, sin embargo, anotan goles. Javier Hernández, en este sentido, es un muy extraño individuo de la subespecie futbolística, capaz de conjuntar lo sublime y lo ordinario en apenas unos pocos minutos: sus goles despiertan una incuestionable admiración pero ésta se diluye totalmente cuando luego, ahí mismo, escenifica cualquiera de sus muy habituales pifias. Y, bueno, Oribe Peralta no se distingue tampoco por su regularidad.

Debemos regocijarnos, con todo, de que fueron tres goles. Digo, en un partido ya llevamos más puntos que la Argentina en tres encuentros. ¿O no?


revueltas@mac.com