Deporte al portador

Sí vamos al Mundial… ¿Y?

Pues sí, es prácticamente un hecho que el Tri estará en Rusia en 2018. La calificación está casi asegurada en tanto que México tendría que no obtener ya ningún punto en los cuatro partidos que restan, el 1 y 5 de septiembre, y el 6 y 10 de octubre para, según las combinaciones entre los otros participantes, quedar en tercer lugar o irse al bochornoso repechaje (Panamá, con seis puntos, tendría que ganar tres de los cuatro partidos que quedan para superar por una unidad al equipo del señor Osorio, un sujeto cuya personalidad resulta cada vez más indigerible no sólo por su nociva terquedad sino porque se comporta ya como un auténtico patán en los encuentros que disputa; y nos quejábamos de El Piojo, oigan).

Pero, justamente, ¿a qué vamos al Mundial? ¿A hacer un papelón? ¿A no sólo no llegar al famoso quinto partido sino no traspasar siquiera la etapa eliminatoria? ¿A hacer meramente acto de presencia? 

Bueno, hay que decir que el simple hecho de que el equipo mexicano esté ahí, en el la gran cita del fútbol internacional, significa enormes ganancias para todos aquellos que se ven directamente involucrados en tamaño espectáculo: anunciantes, televisoras, mercaderes de prendas deportivas, transportistas, agentes de viajes, embotelladores de bebidas embriagantes y no embriagantes, etcétera, etcétera, etcétera.

Muy bien. Ahora díganme ustedes dónde quedamos los aficionados, es decir, nosotros, ese amplísimo sector de un público que no solo consume publicidades sino que se ilusiona grandemente con la eterna y recurrente perspectiva de que nuestros muchachos, por fin, se coloquen en un sitio de honor en el balompié mundial.

La respuesta a parecida expectativa parece estar ya muy clara a estas alturas: contamos,  según parece, con una excepcional generación de jugadores: talentosos, fogueados en los escenarios europeos, hábiles, competitivos y peleones. Pero, a estas estrellas del firmamento las dirige un individuo que, en un primer momento, parecía estar bendecido por las hadas de la sensatez —o, por lo menos, que sabía expresarse con una ejemplar propiedad— y que, ahora, juega un muy triste papel.

Y, bueno, ya ni hablemos de ese último empate contra un adversario que nada tiene de mundialista.

Tomémoslo como un pronóstico de actuaciones futuras y perdamos ya cualquier ilusión. Eso sí: el negocio sigue, viento en popa. 

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