Deporte al portador

Futbol monopólico en un país de programada desigualdad

En un país, como el nuestro, avasallado por los monopolios y marcado por la imposibilidad de la movilidad social —o sea, que tu lugar de nacimiento, tus orígenes y tu pequeña historia infantil vienen siendo una suerte de condena de por vida para no poder jamás aspirar a un mejor destino— no es nada sorprendente que el mundo del futbol sea un acabado reflejo de la realidad nacional: los dueños de los equipos de la Liga MX se las han apañado para conservar sus franquicias a través de un sistema de exclusión disfrazada, o sea, que los clubes de la llamada “División de Ascenso” afrontan durísimas condiciones para hacerse un lugar en la categoría superior, que los conjuntos modestos estarán siempre obligados a seguir donde están, que la promesa de superación es prácticamente inexistente para la inmensa mayoría de los grupos que juegan en Segunda o en Tercera y, en fin, que las opciones para alcanzar otro nivel y merecer mayores recompensas económicas son totalmente ficticias e ilusorias: en los hechos, nadie se mueve, nadie progresa, nadie asciende, nadie logra ocupar un lugar junto a los “grandes” de siempre y, lo peor, nadie puede ilusionarse con obtener los logros debidos al esfuerzo, al sacrificio y a la dedicación. No vivimos una cultura de merecimientos sino que el pastel se lo reparten abusiva y arbitrariamente los poderosos de siempre.

Lo repito: nuestro balompié es meramente una prolongación de lo otro, de esos usos y costumbres cardinalmente mexicanos en los que los individuos no son reconocidos por sus cualidades propias sino por su cercanía con los mandones y sus complicidades con los mercaderes.

El gran negocio de la Liga MX no se puede permitir que un equipito de provincias que juega en su sencillo estadio pudiere de pronto codearse con los de arriba —tan mediocres y conformistas como el que más pero, eso sí, con jugosos contratos celebrados con anunciantes y provechosos acuerdos con los fabricantes de artículos deportivos— en una competición abierta y franca. No, eso no puede ser.

Que todo siga igual, entonces. O, mejor aún, que se suspenda el descenso —que debiera ser el castigo natural para los presuntos “grandes” cuando se desempeñan como equipos de quinta división— y que, de ahora en adelante, la gran cofradía de los que monopolizan las ganancias del futbol mexicano se limite a los 18 equipos de siempre.

Nos queda a todos muy claro que no queremos que progresen los de abajo.  

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