Deporte al portador

¿Tiene que haber tanta porquería en el futbol?

Parece una historia acontecida en una república bananera pero el desenlace nos lleva a reconocer que en el Reino de España, después de todo y a pesar de todos los pesares, los niveles de impunidad son sustancialmente más reducidos que los que padecemos en este país. Hablo de la detención de Ángel María Villar, el sempiterno mandamás del futbol en la nación ibérica —llevaba 29 años como presidente de la Federación— acusado de estafa, administración desleal, falsificación de documentos y diferentes actos de corrupción.

Los comunes mortales tenemos nuestras sospechas sobre la moralidad de la gente que maneja el balompié —y esto, a todos los niveles, desde el representante que implementa un esquema para que sus jugadores no paguen impuestos hasta los altos directivos que asignan oscuramente la celebración de un Mundial a tal o cual país— y, por lo que hemos visto, estos recelos están mucho más que fundamentados: en nuestra subregión futbolística ya vimos como terminó el caso de Chuck Blazer, ni más ni menos que Secretario General de la  CONCACAF de 1990 a 2011, quien llegó a embolsarse hasta 15 millones de dólares por las comisiones que recibía debajo de la mesa y que, luego de verse obligado a abandonar el cargo, se volvió informante del FBI en las investigaciones que la agencia realizó para desentrañar la trama fraudulenta que él mismo había maquinado con Jack Warner, otro peso pesado de la burocracia futbolística internacional (el oriundo de Trinidad y Tobago llegó a ser vicepresidente de la FIFA, miren ustedes, aparte de parlamentario en su país).

También hemos sabido de los tejes y manejes de Joseph Blatter: el antiguo jefazo de la FIFA fue castigado con una multa de 50 mil francos suizos (una bicoca, a decir verdad) por consentir sobornos que hubieran inclinado la balanza a favor de Qatar como sede del campeonato de 2022 y, además, por haberle otorgado casi 2 millones de euros a Michel Platini por servicios no enteramente aclarables. Ambos, el suizo y el francés, recibieron una suspensión de ocho años que les impide cualquier actividad relacionada con el futbol.

Y, bueno, ahora cae el señor Villar, que parece más bien un capo mafioso antes que un directivo deportivo en un país muy prestigiado futbolísticamente. Pero, oigan ¿de qué demonios estamos hablando, justamente? ¿Del deporte más popular de todo el planeta, seguido por millones de entusiastas aficionados, o de una milagrosa materia prima para emprender escandalosas actividades criminales? 

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