Deporte al portador

Un fracaso es un fracaso

Si lo importante “no es ganar sino competir”, si figurar —digamos— entre los 15 o 20 mejores deportistas del mundo de tu especialidad se considera lo suficientemente meritorio como para eximirte de cualquier crítica o descalificación personal, si lo que cuenta es la experiencia acumulada y no el triunfo resplandeciente, entonces, ¿por qué demonios celebramos tan desmesuradamente las infrecuentes victorias de nuestros competidores, por qué los encumbramos tanto, por qué los glorificamos fuera de toda proporción, por qué los recibe y agasaja el mismísimo presidente de la República en su residencia de Los Pinos y por qué se explota comercialmente, hasta la saciedad, su fortuita condición de ganadores?

Se escuchan ahora algunas voces que, al confrontar la sentencia de que la participación de México en estos Juegos Olímpicos es un estrepitoso fracaso, intentan quitarle peso al asunto y, lo repito, valoran la perseverancia, la pasión y el espíritu de sacrificio de todos esos mexicanos que nos representan en los portentosos escenarios de Río de Janeiro. Pues sí, son jóvenes muy empeñosos y muy seguramente hacen lo que pueden. Pero, entonces, surge la gran pregunta: ¿por qué los demás —a excepción de los provenientes de países muy subdesarrollados o muy pequeños, desde luego— sí triunfan, por qué sí ganan medallas, y por qué los mexicanos no pueden obtener preseas en aquellas disciplinas en las que tienen indudable solvencia, como la marcha, los clavados o el boxeo?

Las posibles respuestas ya las sabemos, más allá de que muchos conciudadanos se solacen en la autocrítica permanente y la perversa denigración de lo nacional: falta organización, no hay una política deportiva eficaz para los niños y los jóvenes, las Federaciones están encabezadas por caciques que no atienden los verdaderos intereses de los deportistas y, sobre todo, la corrupción, esa epidemia maligna que está carcomiendo el edificio entero de la nación mexicana, ha terminado también por exhibir sus estropicios en el ámbito deportivo.

No debería ufanarme en haber pronosticado este desastre deportivo, pero ya había escrito aquí —hace algunas semanas, el 24 de julio— una suerte de profecía anunciando los nulos logros de la delegación mexicana. Naturalmente, es fácil culpar de todo a Alfredo Castillo, el director de la Conade. Pero, entonces, ¿las Federaciones deben seguir recibiendo carretadas de dinero público no sólo para no rendir cuentas sino, peor aún, para no dar resultados? Ustedes dirán…  

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