Deporte al portador

Nuestro embajador olímpico Hohenlohe

Los Juegos Olímpicos de invierno tienen por ahí algunos deportes muy espectaculares pero no me resultan particularmente apasionantes, por decirlo de alguna manera. Ah, y tampoco se me despierta la hormona nacionalista porque tenemos nada más a un solo competidor, ese famoso aristócrata Hubertus von Hohenlohe, con 56 añitos sobre las espaldas, que lleva ya seis participaciones en su palmarés –en ninguna ha logrado medalla alguna— pero que para alimentar el anecdotario está ni que mandado a hacer.

El hombre porta nuestros colores nacionales con la correspondiente fiereza aunque ahora vive cómodamente afincado en Viena, según dicen (también se la pasa en Marbella y en Liechtenstein). Yo supongo que no da los mínimos como para representar a la muy alpina y muy invernal nación austriaca pero, miren ustedes, gracias a sus empeños y su asiduidad, Estados Unidos (Mexicanos) disfruta de una muy colorida presencia en el olimpo olímpico de las disciplinas con nieve.

Creo que esquía el señor, o algo así, en la modalidad de esquí alpino, que es una de las más duras de todas porque hay que descender una empinada cuesta a todo tren para marcar el menor tiempo posible. El esquí de fondo pudiera parecer un deporte más apropiado para un hombre ya maduro (por ahí, vuelve a romper don Hubertus el récord de edad máxima de los competidores): nada más hay que caminar en la nieve, llegar a la meta al cabo de algún tiempo y sanseacabó. Desde luego, hace falta una enorme resistencia física pero vas más pausadamente y no corres peligro (miren ustedes, para mayores señas, el caso de Michael Schumacher –un piloto prodigioso al que, como competidor en la rigurosísima F-1, le suponemos una condición física extraordinaria—que, descendiendo una pendiente en los Alpes franceses, se golpeó la cabeza contra una roca y ha permanecido más de un mes en coma inducido en un hospital de Grenoble). Pues, justamente, recuerdo haber mirado en la tele unas olimpiadas –las de Calgary, en 1988, creo— donde un mexicano se infiltró en la competición y, al cabo de unas 12 o 18 horas, cuando ya todos los otros participantes habían vuelto a sus habitaciones y se trincaban una copa de Rieseling con la fondue, éste todavía no alcanzaba la meta: “¡Estuvo durisisísimo!”, jadeó, cuando lo entrevistó algún compatriota periodista. Hohenlohe, a pesar de todo, nos representa mejor. Un saludo, a nuestro embajador.

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