Deporte al portador

El "draft", un mercado de carne humana

Muchas veces me pregunto si los futbolistas son, después de todo, tan privilegiados y afortunados como creemos. De entrada, uno pensaría que han logrado alcanzar ese gran sueño que persigue la mayoría de los mortales: hacer lo que te gusta y, encima, que te paguen por ello. Son personajes admirados, además, y famosos. Ganan mucho dinero: en cuanto pueden se compran el coche de lujo y aquellos que saben administrar bien sus peculios suelen retirarse con propiedades y negocios que les aseguran el sustento por el resto de su existencia. Hay historias terroríficas, desde luego: jóvenes deportistas que sufrieron una grave lesión al comenzar sus carreras o que no supieron administrar adecuadamente su posible felicidad. Pero, lo repito, los jugadores dan toda la impresión de haber sido bendecidos por la fortuna, más allá de los desvelos y esfuerzos que hayan tenido que afrontar para llegar hasta donde están.

Hablando, justamente, de los sacrificios, las cosas comienzan a no parecer ya tan claras: desde luego que hay mucha gente perfectamente capaz de acudir todos los días a un gimnasio y de someterse a extenuantes rutinas para poder luego mostrar un cuerpo bien musculado, por no hablar de los beneficios para la salud. Hay también aficionados que practican durante horas para tener un buen revés en el tenis. Otros amateurs muestran una disciplina ejemplar y una admirable resistencia. Pero, el futbol profesional es otro asunto: una actividad de alto rendimiento con colosales exigencias: duros entrenamientos, dietas, ejercicios, adiestramientos, sesiones de levantamiento de pesas, etcétera, etcétera, etcétera. Y, eso, a diario.

Están luego los viajes, cada quince días, las lesiones en el campo de juego —fracturas, esguinces dolorosísimos, rupturas de músculos— y los rigores de un calendario en el que prácticamente nunca hay descanso porque muchos equipos participan en varias competiciones: Liga, Copa, Concachampions, en fin…

Sin embargo, la impresión de que no es enteramente la profesión soñada, excepto para las estrellas, se me redobla cada vez que tiene lugar el llamado draft, esa especie de subasta donde los dueños de los clubes disponen de los jugadores a su antojo. Esa compra-venta de seres humanos me parece casi un mercado de esclavos, con perdón. Entre otras cosas, habías hecho tu vida, digamos, en Torreón y, de pronto, sin poder decir ni pío, te tienes que afincar forzosamente en Puebla. O en Morelia. O en Tuxtla Gutiérrez. ¿No les parece un poquitín arbitrario esto?  

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