Deporte al portador

El deportista arruinado

Me aparece, en la pantalla de la iPad, una noticia sobre Boris Becker, uno de los grandes tenistas de las décadasde los años ochenta y noventa, ganador de Wimbledon a los 17 años y con 49 títulos individuales en su palmarés. El hombre, según parece, se encuentra arruinado: ha perdido una fortuna de 25 millones de dólares —solamente en lo que concierne a sus ganancias en las competiciones— más los ingresos de sus contratos publicitarios. Esa plata, diría yo, no te las gastas en varias generaciones.

Pues bien, el campeón alemán se la ha quemado completita, la pila de billetes: dispendios suntuarios, divorcios costosísimos, derroches, dilapidaciones, malos negocios y problemas con el fisco lo han llevado a la quiebra total. No le queda, toda proporción guardada, ni para pagar la renta; sus antiguos padrinos —entre ellos la armadora Mercedes-Benz que ya no le quiere prestar coches porque los destroza— lo han abandonado; ha debido rematar sus propiedades y, por si fuera poco, ya no es aquel personaje esbelto y vagamente guapetón que se exhibía con bellísimas acompañantes en los exclusivos círculos de la jet-set sino un tipo gordinflón y desarreglado.

La figura del deportista triunfador —el boxeador, sobre todo— que malgasta su patrimonio y que se va hundiendo poco a poco en una espiral de autodestructiva decadencia nos es muy familiar en estos pagos. Serían personajes surgidos de un medio socialmente desfavorecido que, al encontrarse de pronto en un entorno de abundancias y glorificaciones, pierden el piso, se descomponen de su cabecita y, al final, terminan en la miseria y el olvido. Vaya destino tan estremecedor, el de haberlo tenido todo —o todo lo material, por lo menos, aparte de la fama y las adulaciones de la infaltable corte de oportunistas que viven a la sombra de la estrella— y de perder eso mismo por lo que te esforzaste durante años enteros.

Pero Boris Becker no era de cuna humilde, ni una potencial oveja descarriada que hubiera encontrado una salvación en el tenis, sino el hijo de un arquitecto. Un tipo original, además, que se manifestó abiertamente contra el racismo, inconformista y jubilosamente rebelde. Es una lástima, en verdad, que no haya sabido regular sus excesos.

Otra historia más, de la trágica condición humana.

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