Deporte al portador

El deporte: arma propagandística de Fidel

Castro con Muhammad Ali. Castro con Maradona. Castro con los medallistas olímpicos de un país cuyo régimen totalitario se propuso explotar propagandísticamente, desde sus orígenes, los logros deportivos de sus atletas.

Cuba exporta entrenadores de boxeo y preparadores físicos de primer nivel. Y también médicos y profesores debidamente adoctrinados para propalar los principios de una revolución que, en su momento, proclamó la siniestra consigna “Socialismo o Muerte” sin que a los presuntos progresistas de este mundo les pareciera una sentencia aterradora.

Y, bueno, los resultados de la gran apuesta oficial están ahí, ni qué decirlo: el deporte cubano ha cosechado medallas y resultados en una admirable variedad de disciplinas, desde el antedicho boxeo hasta el salto de altura o el judo. Cuba es ni más ni menos que la segunda potencia deportiva de América, después de los Estados Unidos, y ha obtenido 220 medallas en los Juegos Olímpicos de verano, de las cuales 77 son de oro, 69 de plata y 74 de bronce. Hagamos la inevitable y desalentadora comparación: México, con una población inmensamente mayor que la que habita la isla, ha logrado 13 medallas de oro en toda su historia olímpica.

Es evidente que la práctica del deporte es buena para la población y para la sociedad de cualquier país. Lo que resulta un tanto inquietante es el doble propósito: la bondad de los programas no vale por sí misma sino que el elemento de manipulación está siempre detrás: cada uno de los logros, cada una de las metas conseguidas, cada récord y cada medalla son atribuidos de inmediato a la “revolución” y, desde luego, a la magnanimidad de un caudillo, el mentado “Comandante”, que tiene que ser el absoluto responsable de todas las cosas, el supremo hacedor de la realidad, el infinito proveedor de cualquier bienestar y la figura que hay que glorificar en permanencia. Al finado Fidel Castro te lo encontrabas así hasta en la sopa, a diario, y te lo administraban en dosis masivas desde que eras un crío en el jardín de niños.

Este sistema aberrante produjo, lo repito, deportistas excepcionales. Competidores, sin embargo, a los que nunca se les permitió desenvolverse de manera personal, como simples individuos soberanos, sino que debían ser fieles representantes del régimen revolucionario, en todo momento y en todo lugar.

Laureles, a ese precio, no los podemos ambicionar los mexicanos (ni envidiar). Contentémonos tibiamente con nuestras 13 preseas. Pero, disfrutemos nuestras libertades.

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