Deporte al portador

El triunfo de una ciudad, después de 108 años

Hace algún tiempo, leí el comentario de un aficionado estadounidense al beisbol que, rememorando épocas pasadas, se lamentaba de que ese deporte, en estos días, es jugado en su país por sujetos que se apellidan “Valenzuela”, “Rivera” o “Fernández”. Beisbolistas llegados de países de Hispanoamérica —Cuba, Venezuela y México, entre otros— que han desnaturalizado la esencia profundamente anglosajona del juego y que, de pronto, lo impregnan de un elemento ajeno y lo convierten en algo que ya no es propio y nacional (que venga, ese señor, a apoltronarse en las butacas de cualquier estadio de futbol de estas comarcas y que vea qué tan reducidamente nativos son los jugadores de la Liga MX).

Lo que pasa es que el mundo cambia, señoras y señores, y la globalización no es sólo un asunto de comprar aquí mercaderías chinas —entre ellas, efigies de la virgencita de Guadalupe, sarapes y sombreros de charro— sino que la cosa tiene que ver también con el desplazamiento de los ciudadanos a otros países y, consecuentemente, con el cambio de las costumbres y la cultura. Después de todo, no tendría que existir razón alguna por la cual en México nos deslumbrara el Super Bowl ni tampoco para seguir, noche a noche, los trepidantes juegos de la Serie Mundial: no son competiciones nuestras sino torneos que se juegan en un país al que, encima, le tenemos oscuros resentimientos y envidias. ¿Por qué somos aficionados a la NFL y a la NBA? Pues, ustedes dirán…

En fin, volviendo al tema de ese beisbol acaparado en los Estados Unidos por jugadores latinos, no cabe duda de que a una inmensa mayoría de aficionados les tiene absolutamente sin cuidado el hecho de que un bateador provenga de República Dominicana o de Puerto Rico o de donde fuere: el triunfo de los Chicago Cubs ha sido tan masivamente celebrado que casi se podría comparar a una victoria militar sobre el enemigo de siempre. El deporte, en este sentido, es la más benigna manifestación del nefando nacionalismo: no hay muertos, no hay conquistas, no hay saqueos, no hay víctimas ni destrucción. Nada más hay un triunfo jubiloso, en un estadio, donde se cambia de pronto una historia de antiguos fracasos y se trasmuta en una clamorosa fiesta por haber alcanzado un campeonato.

Los Cubs no jugaban una Serie Mundial desde 1945. Y, su último trofeo lo obtuvieron en 1908. Chicago vive ahora la euforia de un sueño hecho realidad. La única nota falsa la dio la directora de la campaña presidencial de Donald Trump: dijo que esta victoria no prevista será tan sorprendente como la de su candidato, el martes. ¡Uy! 

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