Deporte al portador

Centros de acopio en los estadios. ¡Pues sí!

Yendo por la calle, se me acerca un par de mozalbetes para pedirme “cooperación” para los damnificados del terremoto. Uno de ellos lleva una cartulina con no sé qué leyenda y el otro el consabido bote para depositar monedas. Con un gesto hosco les digo que no doy nada y prosigo mi camino. No creo, con el perdón de ustedes, en la bondad de esos chicos. Más bien, pienso que se aprovechan de una situación en la que la generosidad de los mexicanos está a prueba. Si te pones simplemente a tratar de imaginar cómo harían llegar estos mocosos los recursos hasta quienes los necesitan, entonces como que las cosas no cuajan: ¿van a usar transferencias bancarias? ¿En qué cuenta van a concentrar el dinero que juntan en un día? Concretamente, ¿a quién en particular van a enviar los recursos, a qué grupo de gente, a qué colonia, a qué barrio, a qué estado de la Federación?

Mucha más confianza tengo en los centros de acopio que se han instalado en los estadios. Para empezar, hay toda una infraestructura detrás. Hay personal que trabaja para los clubes, hay medios de transporte, hay contactos con las comunidades, etcétera, etcétera. Sin embargo, en las redes sociales ya están circulando mensajes para sembrar sospechas y dudas sobre el manejo de la ayuda. El estadio Azteca sería de “Televisa”, para mayores señas, y la gran empresa de medios estaría lucrando con la repartición de víveres y suministros. ¿Para qué? ¿Por qué? Pues, vaya usted a saber. Lo primerísimo que debiera uno preguntarse, cuando se lanzan acusaciones e infundios, es la razón que tuvieren los perpetradores de la presunta transgresión para llevarla a cabo. Pero, no: los autores anónimos de las acusaciones nunca explican la lógica de las cosas. Lanzan una denuncia y ya. Y lo peor es que la gente se traga mucha de la basura que circula en las redes sociales hasta llegar a niveles de desconfianza absolutamente absurdos.

El deporte está bajo sospecha en muchas ocasiones, desde luego. Ya ven ustedes el caso de Lance Armstrong, un tipo que me parecía absolutamente admirable hasta que resultó culpable, él sí, de haberse dopado para conseguir sus títulos en el ciclismo profesional. No me parece tan claro lo de esa esquiadora noruega a la que se le niega la participación en los próximos Juegos Olímpicos de Invierno luego de haber usado una simple crema para los labios que contenía clostebol, una sustancia prohibida. Un descuido no significa un fraude pero, en fin, la dureza del Tribunal de Arbitraje Deportivo es inapelable.

Vivimos en un mundo de excesivas sospechas y suspicacias. No lo necesitamos. Pero mucho menos en el deporte. 

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