Deporte al portador

Ahora sí, los verdaderos tamaños de "El Canelo"

En una tierra de boxeadores, de una leyenda viviente como el incomparable Julio César Chávez o de ese portentoso Salvador Sánchez tan prematuramente desaparecido, entre otros peleadores mexicanos de primerísimo nivel que han destacado a nivel mundial, la figura del Canelo Álvarez no termina de resultarnos del todo categórica a los aficionados.

Algo está ocurriendo en el mundo del pugilismo nacional que, de pronto, los dos personajes más visibles en el escenario —el mentado Saúl Álvarez y Julio César júnior— están, ambos, bajo sospecha de haber construido sus carreras al amparo de unos manejadores que les hubieran agenciado peleas a modo, algo así como esos empresarios que les aseguran toros sin cornamentas afiladas y sin mayores bravuras a sus pupilos los matadores, para que pudieran acumular victoria tras victoria con la relativa comodidad de no jugarse el todo por el todo ante un rival de verdaderos tamaños.

En fin, a lo mejor es un signo de los tiempos. Justamente, Floyd Mayweather hubiera tal vez podido retirarse con más gloria —aunque probablemente sin ese palmarés tan apabullante de 50 peleas ganadas— si se hubiera enfrentado cabalmente a un boxeador en toda la línea en vez de escenificar lo que, para algunos críticos, fue una auténtica mascarada. ¿Qué hay detrás de esto? Pues, muy sencillo: la caja registradora, señoras y señores.

Pero, entonces, ¿no estamos viendo combates reales entre adversarios del mismo calibre? Es difícil hacer una afirmación en este sentido luego de apreciar la grandeza, ahí sí, de un Manny Pacquiao, más allá de las polémicas que suscitaron sus primeros encuentros contra Juan Manuel Márquez (otro grande: mis respetos, señor).

Lo que sí podemos decir es que el boxeo no es la actividad más transparente del mundo, ni mucho menos: a medio camino entre el espectáculo y la hazaña deportiva, lo que hay detrás es toda una industria de entretenimiento avalada por “asociaciones”, “consejos” y otros entes que no sólo manejan discrecionalmente a sus peleadores sino que reparten títulos certificados por ellos mismos. Las decisiones de los señores jueces en incontables peleas resultan tan extrañísimas que en verdad no sabemos si esto, lo de que dos hombres se suban al ring para desplegar sus habilidades en deporte de durísimas exigencias físicas, es una verdadera competencia u otra muestra más de la injusticia del mundo.

La pelea Canelo-Golovkin es, de cualquier manera, cosa seria. Ahí habremos visto, ahora sí, de qué cueros están hechas las correas. 

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