Deporte al portador

Les sale lo bestia, oigan…

Los machos de la especie humana han evolucionado considerablemente desde aquellas épocas más o menos remotas en que se dedicaban a arrasar aldeas vecinas, a saquear sin mayores contemplaciones los territorios conquistados, a agenciarse a las mujeres como botín de guerra y a perpetrar estremecedoras atrocidades en contra de sus adversarios de turno. Hoy, las cosas son muy diferentes: en las naciones más avanzadas del planeta, resulta que los hombres ya gozan también de permisos laborales de “paternidad” para, en el caso de que quieran ellos atender personalmente a sus recién nacidos, poder ausentarse del trabajo durante varias semanas. Hace un par de días miré unas imágenes en la cadena BFMTV de un joven padre francés brindándole muy cariñosos cuidados a su inquieta nena, bien arropada y cuidada la criatura en sus brazos. El tipo, por lo visto, prefirió quedarse él en casa para vivir esa experiencia, tradicionalmente femenina según los roles de género consagrados por los usos y costumbres, de cuidar a un bebé.

Estamos hablando de un papel temporal, naturalmente, que, además, no necesariamente exime al varón de otras conductas y tampoco lo lleva a no escenificar posteriores rudezas en circunstancias diferentes. La muy linda imagen de un hombre enternecido por la cercanía de su hija pequeñísima está de cualquier manera en el extremo opuesto a las escenas de violencia que perpetran los otros, los bárbaros, cuando los miras destrozando mobiliario urbano o apaleando a un perfecto desconocido en la calle. Y, en el ámbito del deporte, esas manifestaciones no son nada infrecuentes, desafortunadamente, desde los  enfrentamientos protagonizados por los miembros de las llamadas “barras bravas” en los estadios (grupos apoyados, extrañamente, por las directivas de algunos equipos, sobre todo en la Argentina) hasta los puñetazos que se reparten los jugadores en las canchas, pasando por delitos menores como escupitajos y señas obscenas.

Un sujeto tan entrañable como Zinedine Zidane, ¿no ofreció un muy bochornoso espectáculo al propinarle un cabezazo a Materazzi en el mismísimo Mundial de 2006 en Alemania? ¿No fue también muy desafortunada la actuación de Eric Cantona, en el Manchester, cuando le soltó un patadón a un aficionado del Crystal Palace que lo insultaba? ¿Y no le va a resultar costosísima, así sea al final de su carrera, a Patrice Evra, la parecida patada que le propinó a otro seguidor majadero, esta semana, en un partido de la Europa League?

A todos estos personajes, por lo visto, les sobra testosterona. A lo mejor su perfil de bravucones es algo que se necesita para competir en el despiadado mundo del futbol. Puede ser. Y, caramba, en lo personal, entiendo perfectamente que pierdas la cabeza cuando un mequetrefe se cree que te puede insultar. En fin, algunos machos siguen siendo eso, un poco orangutanes… 

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