Deporte al portador

¿Las “barras”? A la comisaría, no al estadio

Recuerdo muy bien la vez en que, invitado por un socio, estuve en las gradas del estadio de Anoeta, en San Sebastián, ciudad pacífica y civilizada donde las pueda haber a pesar de que sufre, de vez en cuando, las arremetidas de los jóvenes violentos patrocinados por ETA, la organización terrorista vasca, que salen a las calles a quemar autobuses y escenificar alarmantes algaradas.

Juega allí, en ese recinto deportivo de uno de los lugares más hermosos de la península ibérica, el equipo de la Real Sociedad, donde estuvo Luis García hace ni más ni menos que una veintena de años (1993-1994), y donde ahora milita ese denostado Carlos Vela que, en mi opinión, tiene todo el derecho de no jugar en la selección mayor de nuestro país si no le viene en gana porque, hasta nuevo aviso, es una cuestión meramente personal. Digo, es un tema deportivo, no es el reclutamiento forzoso para ir a defender los colores nacionales en tiempos de guerra (y, aun así, existe una figura legal que se llama objeción de conciencia que te exime, en razón de tus creencias éticas o religiosas, de cumplir con las obligaciones impuestas por el Estado).

En fin, volviendo a lo de Anoeta, me llamó mucho la atención, aquella tarde, el comportamiento del público: había muchísimas familias y la gente iba endomingada, exhibiendo sus mejores galas; en un rincón del estadio tocaba una banda local y reinaba por todas partes un ambiente de reconfortante tranquilidad, una atmósfera muy amable.

En otra ocasión —es decir, en otro viaje a la madre patria— sin saber siquiera que iba a tener lugar un partido de futbol, me topé en las calles de Madrid con una turba de tipos de aspecto patibulario: eran seguidores del Atlético, de camino al estadio, y su simple presencia no anunciaba nada bueno. Luego me enteré que estos grupos de aficionados pendencieros —en el extremo opuesto de los gentiles vecinos que disfrutaban el futbol en San Sebastián— eran patrocinados por la propia directiva del equipo colchonero. Y que ese apoyo a los camorristas era una práctica común en muchos de los clubes españoles.

Bien a bien no entiendo la lógica de los dueños. ¿Necesitan fuerzas de choque? ¿Sí? ¿Para qué? Pero, como en este país solemos contagiarnos de todo lo malo, ahora también tenemos aquí “barras” de fanáticos que espantan a la buena gente que quiere ir a los estadios. Ustedes dirán si los dejamos que acaben con el futbol mexicano…  

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