Deporte al portador

¿La gloriosa bandera del… último lugar?

Fue uno de los momentos más emotivos de los últimos Juegos Olímpicos de Invierno, dicen. Los diarios lo calificaron de “héroe” y su llegada a la meta se convirtió en todo un fenómeno en las redes sociales. Hablo de Germán Madrazo, un competidor de 43 años que aprendió a esquiar hace… un año. Se las apañó, a pesar de todos los pesares, para superar las diferentes pruebas de clasificación y llegar a la gran cita deportiva mundial. Vendió enseres personales, pidió dinero prestado a los amigos, en fin, no le resultó en lo absoluto asequible su sueño de codearse con los deportistas de élite del esquí de fondo. Al final, lo logró.

Muy bien, su caso es posiblemente digno de admiración en tanto que exhibe una gran tenacidad y una extraña disposición a afrontar los esfuerzos que resultan de haber descubierto una vocación muy, pero muy tardía. Pero, a ver: ¿no resulta un tanto ridícula esa llegada a la meta en último lugar enarbolando la bandera de México como si de una conquista inmarcesible se tratara? Naturalmente, fue una hazaña para él. Digo, un sujeto que no había esquiado en toda su vida y que decidió, de buenas a primeras y por sus pistolas, transformarse en un atleta olímpico, a lo mejor vive la experiencia como algo único, irrepetible y hasta glorioso. Pero, lo repito, cruzar la línea final 25 minutos después de Dario Cologna, el ganador de la prueba (que, suponemos, es un hombre que se ha esforzado también mucho —muchísimo— a lo largo de toda su carrera deportiva) no es algo para cacarear, ni mucho menos. Al contrario, el despliegue de los colores nacionales en ese último lugar nos coloca, como país, en una posición nada halagadora. ¿Cuál? Pues, la del aficionado inexperto que, de tan primerizo, no despierta ya el desdén que suelen merecer los perdedores sino esa suerte de simpática conmiseración que los adultos dedican a quienes no alcanzan siquiera la categoría de un competidor respetable. Una palmadita en el hombro, vamos, y a lo mejor hasta un apretón de dedos en la mejillita del chico de 43 años. ¡Cosita mía! ¡Bebé precioso! ¡Eres único, primor!¡Ternurita, llegaste a la meta de todas maneras!

¿Ésa es la imagen que queremos que México le trasmita al mundo, la de un país que alardea de un último lugar sin pudor alguno? ¿Ese sitio queremos ocupar en el concierto de las naciones? ¿Ese trato complaciente y benévolo es el que esperamos de los demás en vez de las durezas exigidas al profesional verdadero? No sé ustedes, pero yo no. 

revueltas@mac.com