Deporte al portador

¡Que ya llegue la tecnología al futbol!

Nunca dejaremos de hablar del arbitraje —y los jugadores y los dueños de los equipos y los aficionados jamás dejarán de quejarse amargamente de las decisiones de los jueces en la cancha— mientras no se modernice ese deporte llamado futbol, el más popular del planeta y el que más pasiones desata en la práctica totalidad de los países, a excepción de esos Estados Unidos (de América) que, si lo piensas, son tan absolutamente extraños que eligieron a un sujeto esperpéntico para que los conduzca directito al despeñadero. Pero, a ver ¿por qué demonios no hay cámaras de video en los estadios que filmen en HD todas y cada una de las jugadas polémicas o dudosas para que el indeciso y torpón y cegatón árbitro de turno esté en posibilidades de comprobar, en conciliábulo con sus inútiles asistentes, si el defensor le picó efectivamente el ojo al delantero, si la zancadilla del volante visitante al medio de contención casero fue involuntaria u odiosamente artera, si era reglamentario el fuera de lugar que terminó por nulificar los heroicos esfuerzos del equipo perdedor o si el balón salió de veras fuera del campo? No sabemos la respuesta a tan elemental pregunta pero sí sospechamos que la resistencia a la intervención de la tecnología en las cancha resulta, por lo pronto, del trasnochado conservadurismo de esos altos responsables futbolísticos que, sabiendo muy bien cómo multiplicar los panes y los peces de la comercialización al frente de sus distinguidos cargos en doña FIFA, desean al mismo tiempo que el futbol siga siendo un asunto azaroso, injusto, impredecible y caprichoso. O sea, que los resultados en todas las competiciones y todos los torneos dependan exclusivamente de la habilidad, o falta de ella (por no hablar de declarada estupidez, flagrante parcialidad en las decisiones o descarada falta de escrúpulos), de un individuo particular.

La omnipotencia incuestionable de un árbitro, ¿es acaso una reminiscencia del papel de los antiguos tiranos, es una suerte de nostalgia por el poder absoluto, es un vestigio del totalitarismo antidemocrático de antaño? Sospecho que algo hay de eso porque el sujeto, en el terreno de juego, impone su sacrosanta voluntad a contrapelo de las más incuestionables evidencias y en abierto desafío a los cinco sentidos de los espectadores de todo un estadio. Y sus yerros terminan siendo tan costosos, aparte de injustos, como las decisiones de un señor feudal despótico o de un reyezuelo africano. Pero, nada que hacer: seguirá el cerril rechazo a la tecnología en el mundo del futbol. ¿Hasta cuándo? 

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