Deporte al portador

La angustia aniquilante de tirar un penalti

Los trapecistas no suelen fallar, en el circo. Los equilibristas tampoco se tropiezan cuando cruzan las alturas desplazándose sobre una cuerda floja. Las grandes orquestas sinfónicas ofrecen interpretaciones tan perfectas en sus conciertos que podrías hacer prácticamente una grabación comercial de cada una de esas presentaciones en vivo. Y, en muchas otras disciplinas no se cometen casi errores.

O sea, que el mundo se ha convertido en un gran espacio de excelencias y superioridades, a la vez que el nivel de exigencia hacia los individuos está llevando a muchos de ellos a situaciones de verdadera marginación: como sólo hay cupo para los mejores, los demás se tienen que resignar a una vida de puertas cerradas, de ilusiones incumplidas, de empleos inadecuados y de metas no alcanzadas.

La competencia entre las personas es absolutamente despiadada y para cada puesto de trabajo que ofrece el mercado laboral se presentan cientos de aspirantes, provistos cada uno de ellos de diplomas que exhiben sobradas cualificaciones para desempeñar luego las funciones requeridas.

El mito fundacional del capitalismo de que cualquier sujeto puede triunfar en los negocios y hacerse de una gran fortuna se ha vuelto un sueño cada vez más difícil de alcanzar. Ya no hay casi oportunidades más que para los verdaderos tiburones de nuestra especie humana, por llamarlos de alguna manera, los individuos más despiadados y ambiciosos.

El deporte, en este sentido, es un universo en el que es supremamente difícil hacerse un lugar. Lo saben todos esos jóvenes futbolistas mexicanos que no encuentran cabida en los equipos profesionales; lo viven, día a día, los competidores que se esfuerzan con denuedo para ser seleccionados y participar en los Juegos Olímpicos; lo padecen, amargamente, quienes no han tenido más remedio que no poder ya dedicarse a la disciplina deportiva con la que soñaban porque no pudieron cumplir con las durísimas exigencias de un entrenador o de un director técnico.

Lo que me sorprende, entonces, es ver cómo fallan los penales los futbolistas en la cancha. Hay algo ahí que los comunes mortales no alcanzamos a comprender, una suerte de agobio tan monumental —suponemos— y una presión tan aniquiladora que los tipos se desmoronan pura y simplemente. Digo, de otra manera no te lo explicas. Si lo piensas, es algo que termina siendo bastante consolador. En este mundo implacable surge, de pronto, una desbordante muestra de imperfección, una especie de prueba de que las cosas, después de todo, siguen siendo muy difíciles y de que los humanos fracasamos. Bendito futbol. 

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