Deporte al portador

Y ahora los uruguayos van de víctimas

El caso de Luis Suárez, del que se ha dicho prácticamente todo lo que hay que decir, tiene también una extraña derivación, digamos, política. Los uruguayos, en masa, han respondido como una nación herida a la que se le hubiera perpetrado una descomunal injusticia. El propio presidente José Mujica, que es un hombre entrañable y decentísimo, ha dicho que no vio que “haya mordido a nadie” y, en todo caso, añadió que “si vamos a tomar decisiones en el futbol por lo que sale en televisión hay un montón de penales y metidas de manos que habría que cobrar que no se cobran”. Razón no le falta porque el mordisco no fue sancionado en su momento por el árbitro. Dijo también don José que “en el futbol a mí me enseñaron que lo que se cumple es lo que manda el juez”; o sea, que si Marco Rodríguez y sus asistentes no se enteraron, y no decretaron un inmediato castigo, entonces no habría por qué decidir sanciones posteriores.

Hasta aquí la lógica del señor presidente. Pero las cosas no se quedan ahí: Mónica Xavier, la mandamás del partido Frente Amplio, publicó en su cuenta en Twitter que a Suárez lo sancionaron porque “Inglaterra e Italia no perdonaron lo que les pasó en la cancha y Brasil tiembla con la Celeste en sus canchas”. Remató diciendo que esto es “un linchamiento del siglo XXI”. Pablo Mieres, otro politicastro con el debido sentido de la oportunidad, candidato presidencial del Partido Independiente, soltó que “los fantasmas de Maracaná son los de la FIFA” y que “algo huele a podrido en Brasil y es la FIFA. Uruguay con Suárez no era negocio. De eso saben”.

Van de víctimas, o sea. De agraviados y de perseguidos. El tipo no hizo nada, vamos. Todo es culpa de la FIFA que, luego de unas imágenes de televisión que le mostraron al mundo entero las dentelladas en el hombro de Chiellini, hubiera debido dar carpetazo y dejar la salvajada sin castigo.

En el futbol hay agresiones, desde luego: se sueltan patadas y codazos. Y, muchas veces, las consecuencias son mucho más dramáticas: los jugadores resultan con fracturas y lesiones que los inhabilitan durante largos meses. Las mordidas, sin embargo, no son parte del juego. Y los uruguayos, en vez de encubrir a un infractor y solazarse en sus jeremiadas, deberían de reconocer que Suárez cometió un error costosísimo para su selección y para su país. Tan sencillo como eso.

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