Deporte al portador

Vida de árbitros

Me subo al avión, tomo mi lugar y noto de pronto una agitación a mi alrededor. Uno de los pasajeros, de camino a su asiento, le suelta una andanada de lindezas al viajero que se encuentra a mi izquierda, del otro lado del pasillo: “corrupto”, le espeta, luego de haberle mandado los correspondientes, e imperativos, saludos a su progenitora. Delante, viaja otro personaje, con su mujer, que parece concernido por el acaecimiento. Como la víspera ha habido un decisivo encuentro de futbol en la localidad —el profe Meza viaja también en el aparato y, antes de embarcar, me he permitido hacerle algunas preguntas— trato de saber de qué va el asunto. Resulta que ese hombre joven que tan estoicamente ha soportado los insultos es uno de los árbitros asistentes del encuentro Santos-Pachuca. Y, bueno, lo que pasa es que en los últimos segundos del partido, tras una falta, le fue anulado un gol a los visitantes, por un fuera de lugar que, cuando miras minuciosamente las repeticiones, parece vagamente inexistente.

Al poco, me entero de que quien ocupa el lugar de delante es Alejandro Irarragorri, el patrón de los laguneros, un tipo muy cordial que, hay que decirlo también, es un directivo ejemplar: “Hay que saber perder”, comenta, “nosotros hemos perdido muchísimas veces”. Y, el de mi derecha, que en algún momento se puso de pie para proteger al agredido, es el árbitro principal del polémico encuentro. Le pregunto cómo se sienten los jueces cuando saben que han cometido algún costoso error. Me responde que es parte de la profesión o, por lo menos, que él ya no atraviesa esos momentos difíciles, que vivió al comenzar su carrera, cuando se daba cuenta que sus decisiones no habían sido acertadas. Fernando Guerrero, árbitro con gafete FIFA, parece un hombre centrado y sensato. Me habla de las durezas de su profesión: rigurosos entrenamientos, horas enteras mirando videos, una y otra vez. No siento, en manera alguna, que me encuentro frente a un individuo protagónico ni  mucho menos abusivo, sino meramente con una persona que reconoce que los errores se cometen inevitablemente, tarde o temprano, cuando te desempeñas en una cancha. Más que arremeter contra los árbitros, pienso, deberíamos de comenzar a utilizar la tecnología. Y así evitaríamos, entre otras cosas, las mentadas a la madre en los aviones.

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