Deporte al portador

Vergara, el verdadero ganador del Clásico

Vaya partido trepidante, el de ayer. Hablo del clásico, desde luego, que buena justicia le hizo a su nombre, vaya que sí.

Queda, con todo, el mal sabor de boca de ese gol injustamente anulado a las Águilas en el tramo final del encuentro pero, señoras y señores, mientras el balompié no se ajuste a los avances tecnológicos de esta época (¡estamos hablando del siglo XXI, estimados directivos pasados y presentes de doña FIFA, incluidos don Blatter y ese Michel Platini cuyo plumaje, según parece, ha salido también un poquitín manchado del lodazal!) seguiremos padeciendo las costosísimas consecuencias de los errores arbitrales.

Resultó, en este caso, que el equipo perjudicado fue el mismísimo al que se le atribuyen triunfos y beneficios debidos a las ayudas de los jueces. Pero, entonces, ¿cómo es que ayer dejó de funcionar la maquinita de favores? ¿Algo cambió? ¿La balanza se inclina ya hacia el otro lado (que me digan, por cierto, cuál sería)?

Yo, en lo personal, tengo una explicación: no hay tal, no existen esas componendas y no hay partidos amañados en la Liga MX. Los árbitros se equivocan como erramos absolutamente todos los demás seres humanos y sus pifias resultan de circunstancias muy particulares en las que deben apreciar una jugada en tiempo real —es decir, en fracciones de segundo— y usando meramente ese sentido de la vista que, como lo sabe cualquier mago de barrio, es uno de los que más fáciles resultan de engañar (naturalmente, esta postura mía me convierte en un articulista muy poco interesante porque lo que da rendimientos, en este país, es que promuevas teorías conspiratorias, que denuncies complots y maquinaciones, que señales a individuos tramposos y que, de plano, inventes fantasías creíbles en vez de consignar meramente la ineptitud de algunos profesionales).

En fin, quien se frota las manos y sale victorioso de la jornada es Jorge Vergara. Él es el verdadero ganador, por el momento, luego de su muy inelegante actuación en el caso de los hermanos De la Torre. El triunfo, a decir verdad, no vale gran cosa en el escenario global de la Liga MX y apenas logra mejorar el tema de esa dichosa tabla porcentual que lleva al descenso a los infiernos. Pero, el simbolismo es supremo y el desempeño del señor Matías Almeyda le agencia, hasta ahora, la aceptación del respetable. Vamos a ver qué sigue.


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